OPINIóN
Actualizado 21/07/2019
Carlos Javier Salgado Fuentes

Tras casi tres meses desde la celebración de las elecciones generales, por fin se vislumbra en el calendario la fecha para llevar a cabo el debate de investidura presidencial, que tendrá lugar en los días 22 y 23 de julio en el Congreso de los Diputados.

Sin embargo, si la demora podría inducir a pensar que respondía a la necesidad de tiempo, por parte de quien se someterá a dicho debate (Pedro Sánchez), para cerrar los flecos de cara a que la investidura salga adelante con éxito, ciertamente se debe decir que no es así.

Y es que, durante estos casi tres meses acecidos desde las generales (paréntesis para las elecciones municipales, autonómicas y europeas de por medio), los partidos no parece que se hayan movido un ápice de sus posiciones maximalistas iniciales, por lo que es una completa incógnita, a día de hoy, qué ocurrirá en la votación de investidura de Pedro Sánchez.

Por la izquierda, Unidas Podemos le ha señalado al presidenciable que, si quiere su voto favorable en este debate de investidura, deberá contar con algunos de sus miembros para formar parte de un gobierno dual, vicepresidencia para Pablo Iglesias incluida. Sin embargo, desde el PSOE ya han señalado que quieren un gobierno monocolor, sin integrantes de otros partidos que no sean el socialista.

Asimismo, tras el anuncio inicial de los socialistas de que, en caso de no salir adelante la investidura en julio, se convocarían nuevas elecciones, los de Pablo Iglesias han salido al paso diciendo que si hay un segundo debate de investidura facilitarían la mismo, pero que su condición para este sería la de entrar en el Gobierno.

Sin embargo, esta medida de presión no parece inmutar a un PSOE que rechaza el gobierno en coalición, consciente de que ni por esas tendría una mayoría absoluta y que, para sacar adelante ciertas leyes, necesitará que entren en juego otros partidos, no queriendo cerrar la puerta del todo a Ciudadanos (que daría la espalda de pleno al PSOE si integrase a Unidas Podemos en el Gobierno).

Por su parte, por la derecha tanto PP como Ciudadanos ya han adelantado que votarán en contra de la investidura de Sánchez. En este sentido, de nada le ha servido al partido socialista su petición de abstención a estas formaciones, como medida para que se pudiese formar Gobierno sin que éste tuviese que depender de los partidos catalanistas.

Este hecho, sin embargo, ha causado alguna que otra baja importante en la formación de Albert Rivera, dado que algunos ya exmiembros naranjas, como Javier Nart, Toni Roldán o quien fuera uno de los fundadores del partido, Francesc de Carreras, consideran desacertada la posición actual de Ciudadanos de veto al PSOE, estimando que el partido debería abstenerse para facilitar la formación de Gobierno y que éste no tenga que depender de los nacionalistas para su formación.

No obstante, todo parece indicar que las posiciones apenas van a variar en los partidos y que, por ello, el martes asistiremos a una investidura fallida, abriéndose un nuevo escenario de cara a septiembre, cuando teóricamente debería llevarse a cabo un nuevo pleno de investidura (de fallar el inicial, obviamente), el cual podría verse complicado si finalmente coincide con el fallo judicial sobre los políticos catalanes presos, que podría hacer más intransigentes a formaciones como ERC y JxCat de cara a la investidura, dejando a Sánchez a merced de las derechas si no quiere evitar una repetición electoral.

Por todo ello, si ningún partido importante se mueve de su posicionamiento actual ni ahora ni en septiembre, los números en el Congreso serían claros y nos indicarían el camino de un nuevo paso por las urnas. No obstante, aún no está la última palabra dicha respecto a la investidura presidencial.

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