OPINIóN
Actualizado 13/04/2019
Ángel González Quesada

"Los historiadores de todas las ideologías han deplorado con amargura la leyenda negra referente a la España imperial y su historia colonial. Los menos dignos de ellos se han dedicado a la creación de una fantástica leyenda negra contra la República".
GABRIEL JACKSON, La República española y la guerra civil.

Es probable que mañana, 14 de abril, se llenen los periódicos de batallitas y algunos titulares y pantallas se adornen con la evocación (¿conmemoración, reducción, encasillamiento...?) del Día de la República, una fecha (y un concepto) que las instituciones españolas actuales han despreciado y vaciado completamente de sentido y significado, convirtiendo desde 1976 las escasas y displicentes evocaciones oficiales de la Segunda República Española, en sintonía con el desprecio franquista por cuanto se relacione con la Libertad, en folclórica remembranza de lo, para ellos, insustancial.

Si ya el relato "oficial" de la llamada Transición (y en general de la historia de España) se ha forjado (y enseñado en los libros escolares) con un espeso barniz de posibilismo utilitario y grandes dosis de infundio, la historia de la República Española y del golpe de estado que la traicionó sumiendo a este país en uno de los más oscuros y sangrientos períodos de su historia, ha sido manoseada de tal modo, y hasta tal punto de mendacidad, que hay generaciones enteras de españoles que desconocen (o, peor, conocen una versión falsa) todo lo relacionado con los años en que este país estuvo iluminado (he dicho iluminado), no solo políticamente, por la Segunda República Española.

Sin embargo, y a pesar de los lastres liberticidas y de manipulación de la historia que este simulacro de democracia española arrastra, incapaz de desprenderse de las colonizaciones y costras que el franquismo impuso, en la actualidad un número creciente de ciudadanos españoles ha ido informándose, conociendo, comprendiendo, asumiendo y clarificando la historia de lo que fue, significó, contuvo, aportó y expandió en todos los aspectos de la vida de la gente, la República Española, una forma de estado que poco tiene que ver con posturas partidistas y mucho con la dignidad de las personas y la nombradía del propio país.

El 14 de abril de 1931 quiso el pueblo español, expresándose claramente en las urnas, cambiar los injustos cimientos sociales y políticos en que se asentaba este país. En una tierra sojuzgada durante siglos, ensangrentada por guerras de poder, herencias, dinastías y apellidos; empobrecida por élites despectivas y ladronas, paralizada por una brutal incultura propiciada por los poderosos, intimidada por el dogma y el miedo religiosos y, también, asfixiada por la desigualdad, el hambre y la miseria causadas por la codicia de la mayoría de sus gobernantes, quiso el pueblo convertir su país en libre, donde las personas fuesen dueñas de su destino, con plena soberanía en su presente y su futuro y no ser más lacayos de familias, ni siervos de terratenientes, ni esclavos de curas ni súbditos de monarcas, y el 14 de abril el pueblo empezó a expulsar de sí parásitos para impedirles seguir vampirizando su tierra y su pensamiento. Ya se sabe que el fascismo le robó el tiempo de hacerlo.

Es la fecha del 14 de abril la que marca simbólicamente el inicio de un período (lamentablemente escaso) de explosión cultural, educativa, de avances sociales y de pura libertad y respeto al pueblo, en el que cristalizaron en España, hijas de la libertad, corrientes educativas, líneas de pensamiento y escuelas artísticas con el brillo de nombres como Américo Castro, Victoria Kent, Miguel de Unamuno, Francisco Giner de los Ríos, Claudio Sánchez Albornoz, María Teresa León, Luis Buñuel, Gregorio Marañón, Margarita Nelken, Vicente Aleixandre, Pío Baroja, Benito Pérez Galdós, Federico García Lorca, Pablo Picasso, Manuel Azaña, Clara Campoamor, Santiago Ramón y Cajal, Emilio Prados, Federica Montseny, Joan Miró, José Ortega y Gasset, Miguel Hernández, Antonio Machado, Rafael Alberti, Salvador Dalí, Marcelino Menéndez Pelayo, Pedro Dorado Montero, María Zambrano, Max Aub, Manuel de Falla... y tantas y tantos luego asesinados, exiliados, silenciados o insultados que hicieron de los períodos republicanos un crisol de libertad creativa comparable tan solo a los siglos de Oro.

El significado del 14 de abril, hoy, va mucho más allá del lamento por lo perdido y el ondear nostálgico de la bandera tricolor. En la sensibilidad y el afán de generaciones de españoles significa ya algo mucho más profundo que la doliente evocación de lo que pudo ser. A pesar del silencio institucional y las trabas burocráticas, va cobrando importancia en la cabeza de la gente el valor de la recuperación de su propia autonomía política y social. Superando lastres, dependencias, imposiciones, subsidiariedades y feligresías, y a pesar de la obstaculización académica (sí, académica), a pesar de las aparentemente intocables "tradiciones" que quieren paralizar la libre reflexión y la construcción autónoma del porvenir, y a pesar del creciente reaccionarismo franquista y el conformismo resignado de los partidos políticos de ahora, algo está naciendo en el corazón de este pueblo. A pesar de la cobardía para plantear en España debates serios sobre la forma del Estado, es ya evidente e innegable que la voluntad de un número creciente de ciudadanos hace que esté cada día más próxima la inevitable colisión entre la cómoda tibieza del silencio y la valiente opción de la libertad. Por eso hoy, a pesar de todo: ¡Viva la República!

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