OPINIóN
Actualizado 25/02/2019
Rubén Martín Vaquero

Además de tener al aire y al fuego como principios activos y masculinos, y al agua y a la tierra como principios pasivos y femeninos, los objetos y elementos empleados como símbolos en la alquimia han sido muy variados a lo largo de la Historia: el pentáculo o estrella protectora de 5 puntas rodeada por un círculo, representaba la unión de las fuerzas cósmicas así como el ser masculino y femenino en la tierra; el viento en las tempestades fue la imagen de la Creación; las espirales fueron alegorías de la evolución, del principio de la vida y de la conciencia; el tañido de las campanas y los sonidos de los cuernos alejaban la negatividad y los malos espíritus; los abanicos atraían la armonía, el bienestar, amén de proteger a las personas queridas; las monedas, especialmente las antiguas, personificaban la suerte en los juegos de azar y en los negocios; las higas de azabache fueron el mejor remedio contra el mal de ojo; la Cruz de Caravaca tenía las mismas propiedades, además de servir como detente contra las fuerzas malignas; a las puntas de flechas les atribuían poderes para conservar los amores; el Ojo de Horus encarnaba el triunfo de la luz sobre las tinieblas, además de alertar a los interesados para que no desfallecieran en la búsqueda del equilibrio espiritual; el equilibrio entre lo finito y lo infinito significaba la estrella de David; la mano de Fátima fue sinónimo de protección y providencia.

Algunos de los términos empleados por los alquimistas fueron: hechizo o encantamiento, práctica supersticiosa u objeto al que se atribuían virtudes mágicas que servía para actuar sobre la vida o los afectos de una persona. Si se buscaba ocasionar daño entonces era una maldición o un maleficio; el bebedizo o poción mágica se empleaba para obtener resultados amorosos. Se puede considerar similar al filtro que consistía en una poción para influir en el amor o el odio de una persona hacia otra; las fórmulas mágicas utilizadas para obtener cualquier otro fin se conocían como sortilegios; a los espíritus se les invocaba o convocaba para obtener algún deseo por medio de los conjuros; mientras que los efectos curativos se conseguían recitando fórmulas y oraciones llamadas ensalmos.

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