OPINIóN
Actualizado 30/01/2019
Manuel Alcántara

En el marco de la incertidumbre global gestada desde finales del siglo pasado, replicando un papel desempeñado durante décadas, intelectuales de toda guisa, conjugaron esquemas interpretativos de la realidad y enunciaron soluciones para llevar a cabo intervenciones necesarias. No se hacía otra cosa diferente a lo que durante una buena parte del siglo precedente se había llevado a cabo. De lo que se trataba no era tanto de interpretar al mundo sino de transformarlo, pero las cosas se fueron complicando. Los oráculos se vieron enredados en el gran entretenimiento televisivo, del que apenas hemos salido al encadenarse con la proliferación de otros mecanismos de comunicación y de intermediación asentados en tecnologías de nuevo cuño. Hace veinte años, Pierre Bordieu ya señalaba que la televisión se había transformado para los intelectuales en lo que el espejo era para Narciso. El gozo de ser visto, de tener audiencia por la preminencia mediática eclipsó al pensamiento creativo. El espectáculo banalizó a la propia función de pensar. El activismo en las novedosas y cómodas redes sociales empeoró el escenario

Zygmunt Bauman advertía también por entonces que había que elegir entre la maldad y la indiferencia. Una disyuntiva profundamente inquietante que no hacía sino incrementar la indecisión. El atosigamiento del yo, en el marco de una alienante sociedad de consumo irreversible y bajo la aparente maldición de la creencia de que no había alternativa, provocó un alarmante ensimismamiento que condujo a un elevado incremento del individualismo. Además, los marcos referenciales grupales, como hasta entonces había sido la familia o la nación, comenzaron a resquebrajarse. La reivindicación identitaria se adueñó de las demandas generando una mayor confusión en los clásicos ejes de beligerancia ideológica. La política era la arena donde elucidar la complejidad de la vida en común, abordar las lacerantes desigualdades sociales que no disminuían, imponer un mínimo de cordura en las relaciones intergrupales y gestionar el conflicto. Sin embargo, al estar cada vez más alejada del poder el meollo se ubicaba en otro lugar al que el acceso era proceloso.

El impulso privatizador, las recientes formas de acumulación de capital, su carácter transnacional y su configuración selectiva en sectores de la economía globalizada, que no existían hace un cuarto de siglo, coinciden con un momento muy particular de la humanidad que bate anualmente su record poblacional encaminada a un esquema existencial de egotismo cerril. Las ingentes muestras de solidaridad en torno al niño caído en el pozo de Totalán articuladas de forma diversa terminan siendo apenas un gran show mediático que las retroalimenta en la medida en que la audiencia permanezca cautiva. La vuelta a la normalidad escenifica la egolatría de cada día que potencia la frustración sin freno. Ante ello no hay augurio alguno que valga, nadie que interpele al sufrimiento de quienes quedan atrás, que mitigue el miedo al extraño, que asuma un mínimo de compasión ante la desgracia del otro, en fin, que descubra que la perplejidad que nos afecta no es sino la inseguridad presente en todos.

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