OPINIóN
Actualizado 30/12/2018
Paco Blanco Prieto

En plenas fiestas navideñas, desbordantes de felicitaciones y buenos propósitos, entre los que se incluye desear paz solamente a los hombres de buena voluntad como nos dice el evangelista Lucas, vamos a desearle también quietud a los malignos, con la esperanza de que se reconviertan y entre todos podamos darle a la paz la oportunidad que lleva esperando desde que Adán y Eva mordieran la manzana.

Cuando la envidia de Caín dio muerte a su hermano Abel, se hizo realidad la maldición bíblica contra la humanidad, consagrada en la historia por una minoría de matarifes ocupados en regar de cadáveres la tierra, sin atender los gritos desgañitados de la mayoría pidiendo paz, incluso cantando como hizo Lennon en 1971, sin que los carniceros humanos se den por enterados, conscientes de que a sus despachos no llegarán salpicaduras de sangre por estar alejados de belicosas arenas movedizas que engullen ciudadanos a paladas.

Exigimos una paz que roce el corazón de todas las personas con un soplo de amor comprometido; una paz que dedique el gasto armamentístico a erradicar la hambruna, marginación y pobreza en el mundo; una paz donde se respeten los derechos humanos que se conculcan impunemente cada día con un cinismo que espanta el sentido común, ante el silencio de quienes contemplan el exterminio, convencidos de que a ellos no ha de llegarles nunca el turno de cola en la morgue social.

Es obligado darle definitivamente una oportunidad a la paz universal. Es tiempo de alcanzar juntos una paz que sosiegue el alma de todos los seres humanos; una paz que respete los derechos fundamentales; que lleve pan a toda las mesas y facilite digno empleo a los trabajadores. Una paz que llegue hasta el más oculto y desconocido rincón del planeta; que abarque a la humanidad entera sin distinción alguna entre seres humanos. Una paz, en definitiva, que a todos comprometa -a todos-, pues mientras haya una sola persona quijada en mano, será imposible la paz.
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