OPINIóN
Actualizado 30/12/2018
Eusebio Gómez

"Había una vez un niño de nombre Valentino, el cual al ir a la escuela y mientras permanecía en ella, tenía cerrado el puño de la mano izquierda. Cuando la maestra le tomaba la lección, él se levantaba y respondía teniendo el puño levantado y cerrado; si escribía con la derecha, conservaba el puño cerrado en su mano izquierda.

Un día la maestra, para satisfacer la curiosidad de todos los alumnos, le preguntó a Valentino el por qué de esa actitud. Este en un primer momento, no quería responder, pero después de tanta insistencia por parte de la maestra y sobre todo para complacer a sus compañeros, se decidió a revelar el secreto.

El motivo ?dijo por fin el niño? por el cual yo tengo siempre el puño cerrado en mi mano izquier­da es muy sencillo. Se trata de lo siguiente: cuando, cada mañana, salgo para la escuela, mi madre Mar­garita me da un fuerte y caluroso beso en la palma de mi mano izquierda y después, cerrándome suave y calurosamente la mano, me dice con la sonrisa en los ojos: Mi pequeño hijo: ten siempre, bien cerra­do, en tu manita el perfume del beso de tu madre.


Y yo, para que no se escape la suavidad de este perfume, tengo siempre la mano así, con el puño cerrado" (Don Valentino del Mazza).

El cariño que se recibe de los padres, normalmen­te, suele durar toda la vida, pues los hijos lo conser­van en el cofre de su corazón. El mejor medio para

hacerse amar es amar; y ser amados es el medio para ver seguidos los propios ejemplos, escucha­das las propias palabras, eficaces los propios con­sejos, creídas las propias afirmaciones, adoptadas las propias creencias (Charles De Foucauld).

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