OPINIóN
Actualizado 30/11/2018
Entresierras, Revista Digital

Iban pisando los barros desde casa hasta la escuela, echando vaho por sus bocas sobre las bufandas de cuadros, que recogían pequeñísimas gotas del aire caliente exhalado ante el duro frío del invierno. Sus camisetas interiores habían rozado las oscilaciones de la piedra a golpe de jabón casero y agua de río, frota que te frota entre los nudillos enrojecidos y con callos en las rodillas, y secadas durante horas y horas al calor de un brasero de cisco para que no quedasen congeladas colgadas de una cuerda a la intemperie. En el camino, los niños veían carámbanos en el suelo que intentaban romper golpeando con sus botas, una y otra vez, golpeando con la parte más baja del tacón de sus botas, una vez y otra más fuerte, hasta que la capa de hielo rompía, aparecía el agua helada, y salpicaba la parte de abajo del pantalón. Con qué algarabía al lograr superar aquel impedimento de la naturaleza?

En una mano llevaban una tajuela, en la otra un pizarrín. Al llegar a clase, la maestra escribía con letra de maestra la localidad y la fecha del día en la pizarra, y vigilaba atenta que todos siguieran sus instrucciones. Los cincuenta niños cantaban a coro las tablas de multiplicar, y el borrador enmendaba errores y confusiones. En el cabás cabía toda la sabiduría del momento, aprendían a dibujar y a pasar el difumino para repartir las sombras de una vida en blanco y negro. El plumier ayudaba a elegir las plumillas para realizar escritura gótica con tinta china sin echar un borrón en el papel ni en la vida. Un mapa enrollado que se desplegaba de vez en cuando permitía ver los picos más altos y las capitales, las provincias en un mapa? cuando todo o casi todo estaba en un núcleo muy próximo, cuando se nacía vivía y moría tres o cuatro puertas más allá o más acá o, como mucho, en la calle de enfrente o en la que subía a la iglesia o en la bocacalle que iba a dar a la plaza en la que todo (o nada) pasaba.

Tajuela y pizarrín? Como mucho un pupitre de madera en el que se asentaba el saber del universo, las imágenes de dos trazos, sin medios de comunicación que difundieran cómo un león se mueve, cómo es su melena, cuando la imaginación era el mejor arma para aprender, y la voz del maestro, de la maestra, una pauta de vida en la que confiaba la sociedad. Donde "internet" era una nota escrita en un trozo de papel pasada con disimulo hasta unos cuantos pupitres más allá, y todo lo que acontecía en clase se resolvía a golpe de campanilla, mirando a la pared, sin ir a casa comer, quedándose más tarde por la tarde o copiando cien veces no lo debo hacer.

Desde tiempos inmemoriales los maestros (y tiempo después también las maestras), han cimentado los valores de una formación humanística, han construido las bases en las que apoyar la convivencia, el saber y el conocimiento, el aprender a pensar y a descubrir, y lo han puesto al servicio de su alumnado, esas pequeñas personas aprendices de personas (pobre de quien no lo sea eternamente), realizando lo que me gusta llamar "aprender a tañir el violín", es decir, conocer profundamente las características de su alumnado para plantearse, saber y lograr que en sus cuerdas suenen las mejores notas, las mejores melodías. Hacer que afloren todas las potencialidades y alcanzar su verdadero valor. La sociedad debería estar eternamente agradecida.

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