OPINIóN
Actualizado 26/09/2018
Andrés Barés

La memoria, lucha contra la pérdida de las cosas en la evanescencia y el olvido, ha siempre una de las máximas preocupaciones humanas. Apoderarse de la memoria también ha sido uno de los objetivos políticos fundamentales de las clases, de los grupos y d

Así los emperadores romanos, en su intento de confiscar la memoria, y de encaminarla a sus fines, alcanzaban su delirio epigráfico diseminando por doquier su nombre, y por esto el senado, en una especie de venganza póstuma, muerto el emperador, miraba de hacer desaparecer el nombre del difunto de los monumentos, archivos e inscripciones. Así pues, al poder ejercido por la memoria, responde la destrucción de la memoria, el olvido. Con el olvido se destruye también el rencor.

Desde la antigüedad, incluso a nivel de la reflexión subjetiva, la caducidad, la precipitación de las cosas en la indiferencia, asumen un eje en la experiencia humana, que resalta de forma dramática en las páginas de las especulaciones religiosas y filosóficas de Plutarco, Marco Aurelio, etc... Para el conocimiento místico la realidad se presenta como mal, como engaño, junto en tanto que está condenada a una mutación que parece conducir a la nada.

Poseer la memoria de las cosas, cerrar su imagen en un espacio, en el teatro de la memoria, significa, en efecto, poseer la llave de todo el universo. El hombre para ello ha creado registros, taxonomías, enciclopedias, hasta llegar a los ordenadores de infinitas memorias. En épocas diversas pues se ha intentado, con instrumentos diferentes, retener las cosas al borde de su evanescencia, a este lado de la línea de sombra más allá del cual se precipitan en un vértigo infinito, en un olvido que nunca es pura y simple ausencia, sino más bien la presencia oscura de la mentira.


Sin embargo, la memoria sigue siendo el rasgo decisivo de nuestra vida, que reaparece con fuerza incluso a través de la lucha con el tiempo. Todas las civilizaciones han estado obsesionadas por la necesidad de hacer permanentes sus valores mediante la monumentalización de sus héroes civilizadores.

El olvido y la memoria son, por consiguiente, el sueño de una totalidad que encierra en sí, en la sombra o en la luz el pasado. El hombre a diferencia de los animales tiene un pasado, que debe ser redimido y transmitido, para poder pasar a una vida ulterior, para tener acceso al futuro. Siempre desde la humildad y la verdad. Proust afirmaba que "incumbe, sin embargo, a la inteligencia establecer también la inferioridad de la inteligencia". No nos pasemos de listos con nuestra particular y general memoria.

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