José María Moreiro Ríos y su familia (Foto: cortesía Leslie y Jean-Michel Moreiro)


OPINIóN
Actualizado 20/09/2018
Ángel Iglesias Ovejero

Vigésimo tercer capítulo de la serie 'Exilios y emigración: la memoria de los "desterrados" republicanos en el Suroeste de Salamanca

La represión militar y franquista, cuyas secuelas casi inmediatas fueron los "exilios" no deseados o condicionados por la situación económica, han tenido un segundo efecto, como es la dispersión de los testimonios, sumamente difíciles de obtener en la emigración exterior, donde los descendientes de las víctimas son ya casi parientes lejanos. A pesar de todo, la memoria de la diáspora pervive, y a veces ofrece fragmentos de la tradición familiar a través del renovado interés por sus raíces en la generación de los nietos. Así, por ejemplo, hoy podemos completar los efectos del asesinato de José María Moreiro Ríos, alcalde republicano de Casillas de Flores, sobre el devenir de sus descendientes, gracias a la información ofrecida por su nieto Jean-Michel Moreiro (nacido en Francia, 1953) y Leslie Moreiro, su biznieta, ambos de nacionalidad francesa (Robleda, 19 de julio de 2018; posterior encuentro con el informante Emilio Hernández, en el Centro Residencial Caracillo, Ciudad Rodrigo, 24/07/2018).

Este verano J. Michel Moreiro y su hija han vuelto al país de sus padres y antepasados con el deseo de conocer detalles sobre el asesinato de José María Moreiro Ríos, ejecutado en una detención sangrienta iniciada en su domicilio, conocida en parte por los testimonios y el expediente de su viuda en 1979, repetidamente analizados (infra, referencias bibliográficas, al final). Semanas antes de su eliminación, el Alcalde había sido agredido por Juan Rodríguez Lanchas y otros derechistas en Casillas de Flores, ya de noche, cuando aquél regresó de un mitin político en Ciudad Rodrigo. Esto sucedía en la primavera de 1936, por ser el Alcalde sensible a la situación de extrema necesidad en que vivían numerosas familias en dicha localidad (como en otras), a las exigencias para que se aplicara la normativa laboral republicana (horario, salarios, etc.) por parte de los socios del Sindicato de Trabajadores de la Tierra y Oficios Varios (cuyo presidente local, Antonio Cánovas Mesa, también sería asesinado) y a la puesta en marcha de la reforma agraria, prevista hacía tiempo, que hasta entonces había sido papel mojado.

Pasados más de ochenta años de los hechos, en Casillas de Flores sigue en vigor una especial omertá, que no responde a ningún presunto código del honor, inexistente, sino motivada por el miedo reinante durante la Dictadura y la ley del silencio fomentada oficialmente desde la Transición y cultivada por las autoridades civiles y eclesiásticas locales. J. Michel Moreiro aporta el granito de arena de la tradición familiar llegada a Francia. Según ésta, el asesinato del abuelo se inició con la detención en casa de unos vecinos, llamados Félix y Teresa, donde lo sorprendieron sus victimarios escondido debajo de un colchón sobre el que se había acostado la citada vecina. Ya herido, lo ataron a una "escalera" y lo pasearon por el pueblo. Finalmente, después de una vejación en la Plaza, ya moribundo, lo llevaron al cementerio, donde fue rematado y dejado sin enterrar el cadáver, hasta que finalmente fue sepultado en la tumba de una tía suya. La versión local más extendida suele señalar que la ejecución extrajudicial se produjo en un prado a la salida del pueblo en dirección a Navasfrías. La tradición familiar francesa considera responsables a Emiliano Cuesta (que en 1940 sería juez municipal) y el cura Carlos Carlos. La motivación económica, los intereses particulares, habría sido quizá más marcada que la ideológica o política, aunque la una no excluye a la otra.

Por la razón apuntada, J. Michel Moreiro no ha encontrado la versión históricamente contrastada de los trágicos sucesos. Pero no se ha ido con las manos vacías, gracias al informante casillano Emilio Hernández (Casillas de F., 1928), que ha satisfecho en parte su legítima curiosidad sobre la identidad de ejecutores y responsables falangistas que actuaron en la represión cruenta de Casillas en 1936. Se reunían en el bar de la Plaza, cuyo dueño era Gonzalo Martín Montero ("Cobrador" de sobrenombre familiar), que tenía intereses encontrados con los de José María Moreiro, pues éste era dueño de otro bar "donde se reunían todos los izquierdistas", según declaración del citado Emiliano Cuesta en el proceso contra el comandante retirado Gaspar Villaverde (C.515/36: f. 5). El jefe de los Falangistas era Fernando Castaño, dueño de un coche, aunque en algunas operaciones (cobros de multas e intimidaciones) asumían el mando otros miembros del grupo, como Félix Lanchas (a) "Maeta" u "Ojitos". Dicho informante, a sus 90 años, todavía recuerda bien a otros activistas (mencionados de modo recurrente en los testimonios orales de otros informantes), pues algunos de ellos participaron en la persecución de su propia familia: Santiago Martín Alfonso (a) "Bulela" o "Gulela", Felipe González "Gallina" o "Gallito", Ángel "Chapalla" y otros. Sin embargo, de acuerdo con el modus operandi de los milicianos fascistas, en la eliminación del Alcalde intervinieron elementos foráneos, en concreto de Navasfrías, en cuyos testimonios se menciona a Julián Peña como autor de una chulesca vejación: sentarse a fumar un cigarro encima del cadáver de la víctima (N 2005, 2007).

Hasta ahora se conocían algunos avatares de una parte de los familiares directos que sobrevivieron al asesinato de José María Moreiro Ríos, a sus 37 años. Estaba casado con Isabel Gómez Martín, que fijaría su residencia en Ciudad Rodrigo (C/ Barrio de San Isidoro, 4), donde seguía en 1979 cuando solicitó la pensión a que tenía derecho y tenía por vecina a su hermana Mercedes Gómez Martín (C/ Barrio de San Isidoro, 5), también viuda de otra víctima, Valentín Pinto Gómez (AMCR, Exp. Viudas). El matrimonio de José María e Isabel tenía un niño y dos niñas: Ramón, Rosalía y Angelita Moreiro Gómez. Los bienes de José María Moreiro Ríos, propietario de tierras, un bar y otros inmuebles, fueron requisados o mal vendidos. Sus herederos quedaron en la ruina y, para evitar la presión local, tuvieron que dejar el pueblo. Los tres hijos emigraron, sin salir del país una de las hijas; los otros dos marcharon a Francia, donde echaron raíces, sin desarraigarse completamente del lugar de origen. Rosalía, que residió siempre con la madre en Ciudad Rodrigo, se casó con un carabinero y fue madre de dos hijos (José María y Jesús González Moreiro), el segundo de los cuales, residente en Madrid, estuvo presente en la colocación de la placa conmemorativa de las víctimas mortales en el cementerio de Casillas de Flores (2016). Angelita emigró a Francia por el mismo tiempo que su hermano Ramón. Allí conoció a un vasco y vivió hasta su fallecimiento (2017), dejando una hija (Isabel), médica de profesión.

La curiosidad y la información de Jean-Michel Moreiro se centran en el destino de su padre: Ramón Moreiro Gómez (Casillas de Flores, 1922 ? Francia, 2000). La emigración de éste a Francia en los años cuarenta pudo estar condicionada por un episodio mal definido que, según la tradición familiar, había tenido lugar en 1937. Ramón habría sido víctima de alguna represalia, quizá de motivación crapulosa, en la cual los victimarios exigieron dinero o una vaca para su liberación. En la familia se interpreta como una especie de secuestro. Pero se puede especular con la posibilidad de que fuera algo relacionado con la incautación o embargo de bienes por responsabilidad civil de su padre, José María Moreiro, como se ha comprobado en casos similares de asesinados pudientes.

Ramón Moreiro emigró a Francia, quizá clandestinamente, en 1948. Primero estuvo en un campo de concentración en la zona de Burdeos, hasta que le dieran trabajo allí cerca primero, en la explotación forestal, y más tarde en la región de París, instalándose en Vitry-sur-Seine (Val de Marne, Isla de Francia), donde había una "colonia" de emigrantes de Casillas de Flores, entre ellos su futura esposa, Mª Ángeles Bernal Antúnez, de 23 años, con quien se casó en 1949. Estos españoles trabajaban en la construcción; Ramón lo hizo como impresor, y llegó a tener un puesto de responsabilidad en la empresa. El matrimonio, con sus hijos, no volvió a Casillas de Flores ni a otros lugares de España hasta quince años más tarde (1963). Su hijo Jean-Michel guarda de entonces un estado de perplejidad sobre la relación aparente de su propia familia con presuntos represores, pues los miembros de aquélla alternaban con los segundos en lugares públicos y establecimientos, donde su padre jugaba a las cartas con hijos de reconocidos milicianos fascistas y responsables de la represión, sin que hubiera mediado una aclaración conciliadora. La procesión iba por dentro. De hecho es una paradoja recurrente en los pueblos de la zona, donde la tradición derechista sigue empeñada en no reconocer e incluso culpar a las víctimas del franquismo, pero los descendientes de éstas y las autoridades locales tampoco se atreven a reclamar abiertamente tal reconocimiento.

Los depositarios de la memoria histórica en la emigración al menos se han librado de estas componendas y silencios vergonzantes que, en definitiva, perpetúan la impunidad de los victimarios ante la historia, sacrificando para ello la memoria de las víctimas. Y por otro lado, la imagen de sus mayores sacrificados, aunque rota y fragmentaria, no deja por ello de ser más justa, digna y presentable.

(Referencias bibliográficas: Á. Iglesias: "Archivos vivientes", PROHEMIO, IX, 2008, 101-201; La represión franquistas en el SO de Salamanca, 2016;

"Croniquillas", https://salamancartvaldia.es/not/122173/croniquillas-necrologios-locales-verano-sangriento-1936-i/;

"Secuelas", https://salamancartvaldia.es/not/129444/desaparecidos-perfectos-olvidados-recordatorio-responsabilidades/;

"Secuelas", https://salamancartvaldia.es/not/147643/memoria-desterrados-republicanos-so-salamanca-casillas-pueblos/).

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