OPINIóN
Actualizado 15/08/2018
Carlos Aganzo

La política de la nostalgia de que habla Mark Lilla recuerda muy bien el avieso significado de esa frase que puede llegar a tener un sentido equivalente al cambiarse de chaqueta. Saltar de un lado al otro de la vereda de las identidades políticas, de las ideologías omnicomprensivas, ha sido siempre mal visto y ha supuesto el más rico de los nutrientes en que se cultivaban los canallas o, en ocasiones, los héroes.

La traición, que rompía viejas lealtades acuñadas mediante juramentos sagrados, suponía la quintaesencia del oportunismo que conllevaba, cuando salía mal, comparecer ante el pelotón de fusilamiento, mientras que cuando era exitosa se celebraba la clarividente astucia de quien oportunamente mudaba de ropa.

También se encontraban quienes saltaban del caballo para dar con la presumida luz verdadera. En las veladas nocturnas de los veranos de mi infancia siempre oía ese término a la par que los mayores bajaban la voz. Yo sabía que había vecinos que vivían en la acera de enfrente, pero entonces no comprendía el significado de ser de la acera de enfrente y menos aún el sentido que traía consigo el cambio de acera fuera de buscar la sombra.

Con el tiempo he conocido que detrás de una decisión de esa índole hay numerosos propósitos que no siempre son claros para observadores externos. Gestos de cobardía o de valentía, villanos o titanes, extrovertidos o tímidos. Además, el propio cambio está sometido a un comportamiento variable de manera que no hay un patrón único.

Hay quienes a lo largo de su vida cambian una sola vez frente a otra gente que lo hace con cierta frecuencia, quienes cambian de forma explícita y con grandes alharacas que contrastan con las personas cuya secreta mutación se produce en su más profunda intimidad. Cambiar de acera es un acto palmario, hacerlo de modo seguido genera desconcierto solo entendible bajo la circunstancia de que alguien es seguido y quiere despistar a sus perseguidores.

Ayer, alguien que venía en sentido contrario al mío por la acera en la que yo andaba titubeó torpemente antes de lanzarse en medio del tráfico de la calle para alcanzar en un soplo la otra orilla. Su movimiento fue tan brusco y deslavazado que llamó mi atención, de modo que entonces vi fugazmente su cara sin que dejara de perder el rictus de ira que la envolvía.

El semblante de quien fue?, ¿qué importa qué? Una expresión acerba que se confundió entre las imágenes en mi memoria. Un rictus que se desvaneció entre los rostros de las otras personas presentes. Poco más adelante, cuando intuí que ya habría quedado a mi espalda alejándose la estela de su presencia, crucé así mismo la calle, abordé la nueva acera que brillaba soleada y seguí mi camino sin interrogarme por las razones, el impulso, que originó aquella espantada. La necedad de la vida me sobrecogió y un estúpido sentido de culpa, que todavía no logro alejar de mí, me persiguió el resto del día.

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