OPINIóN
Actualizado 16/06/2018
Tomás González Blázquez

Hubo un tiempo, bien cercano, en que las madrugadas de los miércoles guiaban mis pasos hasta la puerta siempre abierta del Corpus: iglesia conventual que, desde el 27 de abril de 2014, es capilla para la permanente adoración del Santísimo Sacramento, el Dios-Eucaristía en la custodia y sobre el altar. Mis pasos se sabían el camino y las noches de los martes siguen añorando emprenderlo, pero las obligaciones mandan, y las buenas devociones nunca contradicen a los justos deberes.

El regreso, tan tardío como para que los noctámbulos ya se hubieran recogido y tan tempranero como para que los madrugadores siguieran acostados, dejaba atrás un par de horas de procesión de Corpus quieta y sedente, bajo el palio pétreo del templo de las Clarisas. Una procesión tan íntima y silenciosa como sólo la noche bien entrada puede deparar. El sueño, claro. Sueño de Getsemaní reconvertido en vigilia. Sueño escoltado por olivos como las velas que flanquean la inmaculada redondez del Pan Eucarístico. Sueño arrebatado a la noche: tiempo ganado.

En la Ronda del Corpus, desde hace más de cuatro años, siempre es Corpus Christi. Y lo era también en el Campo de San Francisco hasta el pasado 30 de enero, cuando la Vera Cruz vio partir a las Esclavas (ojalá pronto ese lugar tan querido recupere su esencia orante: ¿qué pasos se han dado en esa dirección?). Y lo ha sido hace un par de semanas, cuando he tenido el inmerecido honor que me brindó el Cabildo de la Catedral de pregonar el Corpus, al que nunca le faltan controversias pero sí participantes. Cada día, realmente, lo es, porque cada día hay Cuerpo entregado, Sangre ofrecida, cuerpos a los que entregarse, cuerpos que se entregan, sangre derramada, sangre compartida. Allí, en la Ronda del Corpus, tras esa puerta abierta, todo se pone junto a Él, como aquellas madrugadas de miércoles que tanto echo de menos.

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