OPINIóN
Actualizado 04/06/2018
Mónica González Hidalgo / Mercedes Corredera

Por fin el secreto dejó de serlo: Rajoy salió de la Moncloa por patas y Sánchez entró por los pelos. Para el Partido Popular supone una derrota inesperada; para el PSOE, una inesperada victoria. Para los españoles no es otra cosa que acabar con un gobierno que ya olía a difunto y contar con otro que tampoco huele a rosas por mucho que estemos en plena primavera.

Son muchos los interrogantes que se abren ante el nuevo panorama político que se ha presentado y muy poca, por no decir nula, la confianza que tenemos en todos los partidos. ¿Podrá el nuevo presidente agotar la legislatura con tan pocos apoyos, o se verá obligado a convocar elecciones? ¿Qué ha pactado con los partidos nacionalistas para que votaran a favor de la moción de censura? ¿Será verdad que Podemos, contra todo pronóstico, decidió apoyarlo sin más intereses que la de acabar con Rajoy? ¿Estará dispuesto el PP a apoyarlo desde la oposición cuando se trate de mejorar la vida de los españoles, o se dedicará a poner zancadillas para crear nuevos problemas en lugar de buscar soluciones para los que ha dejado sin resolver?, porque los ha dejado por mucho que se empeñe en asegurar que cogió un erial y ha dejado un jardín. ¿Sabrá encajar la derrota con verdadero sentido de responsabilidad? ¿Estarán sus miembros tan unidos como dicen, o están tan divididos como parece?, porque los escándalos que han provocado la moción de censura que le ha costado el cargo tiene más posibilidades de destaparse desde dentro que desde fuera. Hasta cabe pensar que empiecen a producirse bajas y traspasos a Ciudadanos para intentar ganar las próximas generales con esta formación.

Pero hoy por hoy, nadie tiene las respuestas, ni siquiera ellos seguramente. Lo único que se sabe tras la primera moción de censura que ha prosperado en España es que nuestra Constitución cuenta con los mecanismos suficientes para poder desalojar a un presidente de la Moncloa por muchas triquiñuelas que se invente para quedarse de eterno inquilino, que la corrupción, algo de lo que todos éramos conscientes aunque no lo hubieran dicho los tribunales de justicia, empieza a pasarles factura, y que el partido que aspire a gobernar o quiera seguir gobernando, tendrá que aprender a negociar, a entenderse y a colaborar con partidos de otras ideologías porque las mayorías absolutas se han acabado afortunadamente.

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