OPINIóN
Actualizado 21/04/2018
José Ramón Serrano Piedecasas

Estoy leyendo una breve historia de la humanidad. Apasionante. Recomendada para aquellos que aún conservan en sus cerebros algún millón de neuronas sin cristalizar. Abstenerse los que sigan a pies juntillas "su" relato, único y verdadero. Tal lectura les resultaría por este orden: blasfema, cínica, enfadosa e inquietante. Se trata de un ensayo escrito por Yuval Noah Harari y que lleva por título: "Sapiens. De animales a dioses".

El quid de la cuestión reside en la capacidad de fabulación del Homo Sapiens. Desde otra perspectiva, en su capacidad para contar historias, sugerir explicaciones, proyectarse en el futuro y chismorrear. Tales relatos permitían a nuestros antepasados nómadas construir una identidad común. El tótem, el espíritu de algún "sabio" antecesor, el nogal de la esquina, el leopardo, la montaña de cumbres nevadas, oficiaban de banderines de enganche. Los mejores "relatos" aglutinaban mas fieles. En suma, la congregación más nutrida se llevaba el gato al agua. Por cierto, llevarse el gato al agua sigue siendo hoy un "imperativo categórico". El líder, la marca comercial, la confesión religiosa de turno, el programa político, basan su éxito en su capacidad de persuasión (muchas promesas y alguna ventaja social). Cuántos más feligreses mejor, más dividendos, más poder, más "certezas".

La llamada "revolución agrícola" no trajo más felicidad al individuo, sí a la especie. La acumulación de víveres permitió financiar los "lujos". Por "lujos" se entiende mantener sin empuñar la mancera a juglares, filósofos, sacerdotes, reyezuelos y curanderos. Éstos miraban los cielos y aquellos trabajaban a destajo. Éstos ordenaban y entretenían, también observaban e inventaban nuevos artilugios. Aquellos cedían parte de su riqueza (el valor añadido) para asegurarse una jubilación, unas pócimas, su seguridad personal y otras.

El problema surgía cuando los "preparaos" dejaban de ser útiles a la mayoría silenciosa, sea por ineptitud, codicia o corrupción. Aparecían, entonces, los anti-sistemas, populistas o perro flautas y se armaba lo que ha dado en llamarse "una revolución". O sea, rodaban las cabezas coronadas, tonsuradas o laureadas. El agua volvía a sus cauces cuando aparecía un (otro) relato regenerador y vuelta a empezar.

Luego llegó la ciencia y el mito se hizo "persona jurídica", mercado, UE, código penal, dólar y segunda ley de la termodinámica. El relato se hace universal, la socialización crece exponencialmente. Un chino y un residente en Narros de Matalayegua comparten hoy más convicciones que un vikingo y un salmantino del siglo XV.

Los "relatos" convergen, el de Google, Hawking y M.Rajoy (es broma), por ejemplo. Cambio de paradigma. Mutación genética. Al Sapiens le sucederá otro homínido aún sin bautizar. Sin duda, tales individuos emigrarán a otros planetas en busca de tierras donde manen inagotables fuentes "de leche y miel". Surgirán nuevos mitos henchidos de promesas, pueblos elegidos y derechos de conquista. Y vuelta a empezar.

Los que se aferren a "su" relato sigan haciéndolo, si lo desean. Eso sí, no quemen en hogueras, torturen y metan en la cárcel a los que no lo compartan. Deberíamos saber de sobra que los mitos son sólo eso: relatos provisionales, mapas incompletos, si bien necesarios.

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