OPINIóN
Actualizado 18/04/2018
Santiago Bayón Vera

Este cambio de rumbo ha navegado en conserva junto a las novedades en la crianza. Las tecnologías más vanguardistas han arribado al sector, propiciando la implantación de microchips en las reses, recurriendo al GPS cual brújula que marca la derrota del pastor por las cañadas. Pero también, la codicia de algunos ganaderos foráneos nos ha contagiado el mal de "las vacas locas", el cambio climático nos ha traído la enfermedad de "la lengua azul". ¡Y a saber en qué pararán los experimentos genéticos! Además, todo sucede muy rápido; en tanto se acelera la historia; en cuanto desconocemos el sentido de su deriva. ¿O es que la clonación de la oveja Dolly no nos parece hoy agua pasada? ¿Acaso no hemos exiliado estas mudanzas pastoriles en el parnaso del olvido? ¿Es que no es en ese limbo de la memoria donde Dolly dormita junto a los Toros de Guisando?

Y, sin embargo, se mueve. La cabaña va. Dotadas de ordenadores las oficinas transeúntes del ganadero, pero también atrapadas por la maraña burocrática. Pertrechados de teléfonos móviles los mayorales, pero no menos indefensos ante las contingencias de la marcha a extremos. Resignados los viejos pastores a un oficio que se muere, pero no poco anhelantes los jóvenes de que les enseñen otros modelos para recoger el testigo. Entonces, convenimos en que la trashumancia vive, pero a trancas y barrancas, marchando por la quebradiza linde entre tradición y modernidad. Los nuevos tiempos la desafían. Necesita nuestra ayuda. Para fortalecer nuestra identidad cultural. Para salvaguardar nuestro patrimonio viario. Para que la Red no devore a la red.

Y, como la propia trashumancia que es circular, concluimos volviendo al punto de partida, a las moradas de origen de esta ponencia. Decíamos que el pastor trashumante es un viajero. Mientras Alexander von Humbolt precisaba mucho personal y cuantioso material para sus exploraciones, haciendo alarde de sus descubrimientos científicos, Xavier de Maistre se sentía orgulloso en su cuarto porque el color de sus sábanas combinaba bien con el de sus pijamas. Pues bien, el viaje del pastor no necesitaba del egocentrismo de uno, ni de la frivolidad del otro; sabía que sus enseres eran el rebaño; sabía que su pijama era la cañada. Desde que era un zagal había aprendido a vivir sobre el terreno.

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