OPINIóN
Actualizado 01/04/2018
Asprodes

La resurrección del Hijo del Hombre que hoy celebra la liturgia católica pertenece en exclusiva al personal espacio de la fe religiosa y es justificación de ella, porque como dijo el predicador y gran propagandista del cristianismo, Pablo de Tarso, sin la resurrección de Jesucristo la religión cristiana no tendría sentido.

Pero la realidad es que nunca llegará a probarse la resurrección de la segunda persona trinitaria como hecho histórico, encontrándose el automilagro en la capacidad de cada cual para creer ? o crear ? lo que no han visto, siendo la Iglesia fedataria de un hecho científicamente inexistente, mantenido por la fe y rechazado por la razón.

Pero Mateo, 28; Marcos, 16, Lucas, 24; y Juan, 20, dejan muy clara la resurrección a los creyentes, sin convencer a los pobres descreídos para desgracia de ellos, pues su incredulidad los excluye del grupo afortunado de "dichosos que no han visto y han creído", como dice San Juan.

No obstante, es curioso que el resucitado no se presentara a sus seguidores con el mismo aspecto físico ni la misma cara que los discípulos le habían visto durante los años que estuvieron con él. En caso contrario no puede entenderse que dos de estos amigos no le reconocieran cuando conversó con ellos camino de Emaús. Ni que su enamorada Magdalena le confundiera con un hortelano cuando se presentó ante ella. Ni que a los discípulos tuviera que mostrarles sus manos y costado para que le reconocieran, con ayuda del Espíritu Santo, claro. Ni que Tomás se viera obligado a meter la mano en la herida. Ni que los pescadores del Tiberiades sólo le reconocieran al sacar las redes llenas de peces siguiendo las instrucciones del "aparecido", y no cuando se acercó a ellos.

Algo que explicaron a su modo y siempre desde la fe, Karl Rahner y Gómez Caffarena, abandonando cielo, cuerpo y ascensión, para fijar su atención en el eterno espíritu evangélico, mantenedor de lo racionalmente increíble, justificación de creencia, fundamento doctrinal, sostén de la iglesia y aliento del Cuerpo Místico, pues la fe en la resurrección es sustento de la propia fe.

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