OPINIóN
Actualizado 19/03/2018

El abuelo de Fernando Gutiérrez viajó hace años a Estocolmo desde Chile. Aunque alguna razón debió haber, su nieto Hugo no habla de ella. Vino con una mano delante y otra detrás, pero fue asistido por los servicios sociales, y allí se quedó a pesar del frío indescriptible. Le costó primero entender lo que le decían, pero quiso hacer el esfuerzo de enderezar su vida en esta tierra helada, pero acogedora. Luego ya se convirtió en uno más, con su acento y su historia, y ahora le encanta el clima. Sus hijos y sus nietos viajan cuando pueden al país del padre, o sea muy poco. Prefieren ahorrar para sus vacaciones en España, y así pueden practicar igualmente el idioma.

Hace varios decenios que Uta Hoppe pasó sus primeras vacaciones en Mallorca. Hacía algunas años que sus amigas le animaban para que las acompañara y por fin este año fue con ellas. No le gustaba salir de Alemania, o eso decía entonces. Pero le pusieron delante una baratísima oferta de un paquete turístico y entendió que era una locura despreciarla. Ahora vive en el sur de la isla. Parece mentira, pero conoció a Hans, un joven de Hamburgo, durante esas vacaciones y a los dos días ya tenían proyectos de vida en común. Allí mismo. Hace años que no han regresado a Alemania. No quieren hijos, porque les gusta vivir a su aire en una casa de campo en esta zona templada que no se parece en nada a su lugar de origen. Él es médico. Médico para alemanes. No, no atiende a los locales. No le interesa aprender el idioma. ¿Para qué si así ya tiene de sobra? Cuando necesita algo se comunica con Ralf que le hace de traductor.

Pau Lladó era un muchacho de Mallorca. En su DNI no figuraba ese nombre, sino Pablo. Cuando su padre fue al Registro Civil no hubo manera de ponerle el nombre con el que le irían a llamar toda la vida su familia y los amigos de su isla. Pero llegó el momento de elegir carrera y quiso ir a estudiar a Salamanca. Su tía Sebastiana le dijo: "¿Te das cuenta de que tendrás que hablar todo el tiempo en castellano?". Él claro que lo sabía, y le agobiaba la idea de tener que hablar "todo el rato" en otra lengua que no fuera la suya. Tuvo que adaptarse. Ahora, que lleva treinta años fuera, hay gente que le dice que conserva todavía algún rastro de acento. Otros en cambio no notan ninguna diferencia. Los primeros son los que tienen el oído más fino por tratar con alguna asiduidad a catalanohablantes.

Carmen Márquez era la hija de un jienense de Úbeda. De hecho ella nació en Jaén capital. Cuando era pequeña, no más de dos años, su familia decidió cambiar de aires e hizo caso a los Jiménez, que se habían instalado algunos años atrás en Badalona y habían prosperado con rapidez. Ella no se acuerda, pero se instalaron al principio en la casa de esos amigos, mientras en pocos días su padre encontró un piso pequeño, pero habitable, en un edificio feo de Santa Coloma. Ahora es concejala de Esquerra Republicana y no se pierde ninguna de las manifestaciones por el derecho a decidir de los habitantes de "Catalunya". Bueno, ella escribe siempre "Catalunya", aunque el texto sea en inglés. Piensa que con eso ya tiene media independencia.

En cambio, Josep, emparejado con una sueca que conoció en Cala Major, un barrio turístico de Palma de Mallorca, escribe lo que corresponda según la lengua que use. Le dicen que tiene cierta facilidad para los idiomas. Él contesta que lo que tiene es respeto por la cultura de cada tierra, y sin dejar de ser él mismo, ni perder un ápice de sus particulares dialectales de su isla, procuró aprender sueco cuando Eva le propuso viajar a Örebro a conocer a sus padres. Ella le había dicho que no se preocupara, que sus padres, igual que ella se defendían perfectamente en inglés. Pero dio igual. No es que Josep quisiera impresionar a sus suegros de facto, solo quería demostrarles que respetaba sus costumbres y su lengua. La primera vez no pudo cometer más errores, pero se le entendió bastante bien. Ahora habla sueco fluidamente. Tampoco es tan difícil. Ahora viven en la ciudad y trabajan ambos en una inmobiliaria. Eva también hizo sus esfuerzos, y como la clientela que tienen es variada, está obligada a hablar en lo que corresponda. Sí, también en catalán. Su pequeño orgullo no le permitiría no corresponder a su novio y hacer cambiar de lengua a toda la familia de él cada vez que, por ejemplo, los invitan a una comida familiar en su casa de campo de Llucmajor, al lado de la de un médico alemán que ni les saluda cuando se encuentran.

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