OPINIóN
Actualizado 07/03/2018
Manuel Alcántara

Muchas veces la experiencia está sobrevalorada, otras es buena consejera ante avatares complejos, las menos es la responsable de traer consigo una mirada lánguida de las cosas. En la percepción que tengo del entorno espero que esto último no guíe mi juicio, que mis análisis no se ven pervertidos por la añoranza, ni por una subjetividad contaminada por aquello de que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Mi atención se centra en la Universidad, la institución donde trabajo y en la que no he dejado de estar presente durante medio siglo. El Estudio por excelencia, en este caso ubicado en un espacio concreto, como es el español, sin que por ello me falte una visión comparada de otros pagos sean, sobre todo, en Europa o en las Américas.

Hace justo 20 años, Gregorio Morán publicó El maestro en el erial, un libro combativo y polémico, centrado en el intelectual español, posiblemente, más relevante del siglo pasado, José Ortega y Gasset, enmarcándolo con precisión en su tiempo y espacio. El erial era la conjunción de ambas dimensiones. El maestro Ortega vivía en el terreno yermo que era la sociedad española post Guerra Civil y, más en concreto, el conformado por la intelectualidad vinculada, de una u otra manera, a la universidad del momento. Un mundo extenuado y purgado tras la guerra, un escenario adocenado por el nacional catolicismo, a la hora del reclutamiento de profesores e investigadores, y sometido a la permanente penuria presupuestaria.

La reciente crisis que golpeó a España durante un lustro supuso un fuerte ajuste interno en los salarios, así como en los presupuestos de la enseñanza y de la sanidad pública. En la Universidad, ello se tradujo, durante prácticamente una década, en la constricción de las plantillas, al no renovarse al personal que causaba baja, en la disminución de las becas y de los fondos para la investigación, y en una preocupante pérdida de relevancia. El resultado directo ha sido el envejecimiento y la fuga de cerebros. Indirectamente se ha incrementado la endogamia, como reflejo de una actitud de "proteger a los nuestros", y las posiciones egoístas, amparadas en el "qué hay de lo mío".

Sin embargo, el principal daño colateral viene por la paulatina extensión del imparable proceso de desertización que vive buena parte del sistema público de enseñanza superior. Convaleciente del legado de la crisis, recluta a profesores con doctorado y años de sólida formación con sueldos irrisorios, es incapaz de mostrar la senda de carreras académicas y de imbuir ilusión a quienes vocacionalmente han apostado por él y que son poco hábiles a la hora de reciclarse frente a los profundos cambios acaecidos en la sociedad digital. Por otra parte, se enreda en una maraña de reglas y de procesos evaluadores que cambian con criterios impredecibles. Finalmente, se mantiene un estilo de gobernanza periclitado que anima al amateurismo. En frente, la universidad privada no deja de crecer alimentada por el señuelo de la mejor competitividad y los supuestos conspicuos índices de empleabilidad.

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