OPINIóN
Actualizado 05/03/2018
Alfonso González

Alfonso XIII rey de España el Africano (1902-1931). Después de la minoría de edad más larga de la Historia de España, en mayo de 1902 invistieron los dieciséis años de Alfonso XIII con el manto púrpura, el cetro y la corona. Monarca controvertido, militarista y decidido partidario del ejército en los conflictos que mantuvo la institución armada con personalidades de la sociedad civil.

Al cumplir el rey veinte años contrajo matrimonio, con Victoria Eugenia de Battemberg, en la iglesia de los Jerónimos de Madrid. Fue el 31 de mayo de 1906 y al regresar la comitiva al Palacio Real, un anarquista catalán llamado Mateo Morral, arrojó una bomba camuflada en un ramo de flores sobre la carroza real. Y en un escorzo fatal los cables del tendido del tranvía desviaron el artefacto hacia el público, causando más de veinte muertos y numerosos heridos. Los reyes resultaron ilesos.

Mateo Morral logró escapar pero dos días después resultó muerto en las proximidades de Torrejón. El año anterior, Alfonso XIII había sufrido otro atentado en París junto al presidente de la República francesa. Cuando el 13 de septiembre de 1923 Miguel Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, se levantó en armas y a tambor batiente declaró el estado de guerra en todo el país, a nadie le sorprendió.

Si acaso el decimonónico pregón fue un trabucazo para el asombrado Gobierno, que no terminó de creérselo y tardó un día en dimitir. Miguel Primo de Rivera se presentó como el hombre bueno, apolítico, honrado y autoritario que iba a curar los males de España mediante una actuación tan enérgica como corta en el tiempo. Él era el esperado "cirujano de hierro" que aplicaría la "política quirúrgica" que Joaquín Costa había prescrito para España.

Era un intento regeneracionista más. Así lo entendieron los españoles y en un primer momento lo apoyaron las clases medias, los nacionalistas y todos los partidos políticos, excepto los anarquistas de la CNT y algunos intelectuales como Miguel de Unamuno. Alfonso XIII no hizo un solo comentario criticando la violación del maltrecho orden constitucional. Guardó silencio y quietud.

Y cuando sus asesores le comunicaron que la mayoría de los españoles apoyaba el golpe, se puso al frente de los convencidos, unió su suerte a la del dictador y lo mandó llamar a palacio. Quería encargarle que formase y presidiese un Gobierno constituido exclusivamente por militares. Reinó convencido del protagonismo político de la monarquía e intervino activamente nombrando o forzando la dimisión de gobiernos, lo que atrajo sobre su persona y sobre la institución monárquica, la responsabilidad de innumerables fracasos, oscuras zozobras y el rechazo de la población de este eterno aprendiz de país que es España.

El 14 de abril de 1931 un Gobierno Provisional proclamó la Segunda República, y al caer el espeso crepúsculo Alfonso XIII abandonó el Palacio Real en una comitiva de tres coches con dirección a Cartagena. Allí le esperaba un crucero envuelto en una ennoblecida neblina que trasladó su fatiga a Marsella, desde donde marchó a París a descifrar España en el exilio. El resto de la familia real tomó un tren, al día siguiente, en Aranjuez con destino a Francia. Todos estaban convencidos que el destierro sería corto.


[1] Nieta de la reina Victoria de Gran Bretaña.

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