OPINIóN
Actualizado 13/01/2018
Tomás González Blázquez

Deja de encender cada mañana el ordenador, de teclear la clave de acceso a Medora, de insertar la tarjeta inteligente y de revisar la lista de citados, además de repasar la otra agenda de visitas a domicilio programadas. Termina con el ritual diario de pasar la consulta, con las guardias, los avisos, las recetas visadas, las pruebas que se demoran, los diagnósticos no deseados, los finales que se eternizan, los tratamientos que funcionan, las ansiedades que remiten, las artrosis que reinciden, los síntomas indescifrables, las anamnesis imposibles, las exploraciones de libro, las señoras que siempre vuelven (¡con galletas de picos!), los señores que nunca vienen pero los ves en el bar?

Punto y, ahora, final, aunque para un médico los puntos son como mucho suspensivos hasta el último día. Punto y seguido tuvo en la Sierra de Francia, cuando Villanueva del Conde recibió a un "hechicero de la tribu" recién salido de la Facultad, la vieja Fonseca, un 11 de julio de 1978. Tras el paso por el botiquín del Lusitania 8, de glorioso recuerdo en sus cuarteles de Bétera, el Campo de Argañán. En Villar de la Yegua había casa del médico, y en ella echó a andar una familia que parece alargar la tradición con otro par de médicos de pueblo: sin proselitismo, sólo ejemplo discreto. Ya titular de su plaza, años de reivindicación de mejores condiciones, un esfuerzo que mereció la pena. Luego, Carrión de los Condes, nuestro querido Carrión: centro de salud, equipo de atención primaria, los tiempos cambian. Al fin, el ansiado regreso a casa, veinticuatro felices años en La Guareña: San Miguel de la Ribera al principio y después Fuentesaúco.

El maletín de Don Tomás deja de abrirse a diario, aunque permanecerá muy a mano, y con la medicación revisada. La bata queda guardada en el armario, como quien conserva un recuerdo vivo de lo que fue y es. El despertador sonará un poco más tarde (no mucho, que nos conocemos). No habrá de cambiar guardias para no perdernos partidos de Unionistas ni procesiones de la Vera Cruz (¡yo sí tendré que estar pendiente!). Y podrá llevar a Tomás IV al colegio alguna mañana, claro que sí. Lo bueno es que no se jubila de padre, ni de esposo, ni de abuelo. ¡Felicidades!

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