OPINIóN
Actualizado 06/01/2018
Manuel Lamas

Remigio González "ADARES" (Anaya de Alba, 1923- Salamanca, 2001). Hijo de "El Pildoro" y de "La Rumba", nació poeta y pocas veces faltó a su cita en la Plaza del Corillo.

La ciudad de Salamanca inmortaliza su figura a través de la escultura póstuma que, Agustín Casillas modeló en su taller. Hoy lo vemos caminando, en dirección al lugar que algunos llevamos en la memoria. Se trata de los Soportales del Corrillo, en cuyas escaleras descansaban sus libros.

Aún recuerdo la tarde que me acerqué por última vez para saludarle. Fue el 5 de noviembre de 1999. Después de mantener una breve conversación, compré uno de sus libros, dejando a su elección el título. No tardó en poner sobre mis manos una de sus últimas obras: "MI BARCA YA ESTÁ HECHA". Recuerdo que, mientras lo firmaba, no perdí de vista los peldaños de la escalera, cubiertos de libros, espacio que él denominaba "MI CÁTEDRA DE POESÍA".

Cuanto hubiera disfrutado Remigio si este reconocimiento le hubiera llegado a su debido tiempo. Pues, como a tantos artistas, le ha pillado ausente, aunque su pensamiento permanece con nosotros a través de su obra.

Hoy, como fotógrafo, quiero rendir un pequeño homenaje a este poeta salmantino. Con el recuerdo a flor de piel, uso las miradas como lenguaje, y la perspectiva como palabras, para expresar de forma gráfica lo que quiero decir. Por esta razón, lo capto entre la gente, incluso bromeando con los niños, mientras se dirige hacia los soportales del corrillo, lugar que ocupó durante muchos años.

Le he cedido mi columna de esta semana y, mientras la escribo, he recordado a otros personajes con los que compartí momentos inolvidables. Aparece Enrique de Sena, con quien mantuve buena amistad, y una hermosa relación como compañero de trabajo en el desaparecido diario El adelanto. "Como pesan los recuerdos, cuando las personas que nos acompañaron han escapado de la escena".

Tengo que terminar, pero no quiero hacerlo sin una advertencia: Hay que huir de la mediocridad. Pues, no vivimos en el mejor de los mundos posibles, cuando dejamos en manos ajenas el timón de nuestra vida. Hay que abandonar la rutina lacerante que paraliza los sueños y anula las capacidades.

Quizá tengamos que hacer como Adares: sumergirnos en el intrincado mundo de la poesía, y rescatar de las sombras del pensamiento, el verdadero significado de las palabras. Pero no es fácil; hay que tener alma de poeta, y la audacia suficiente para descender a los abismos de nuestras dudas sin quedar atrapados en los propios prejucios.

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