OPINIóN
Actualizado 17/12/2017
José Luis Puerto

Hay un rosario de palabras, que de continuo se reiteran en los medios de comunicación y en no pocos ámbitos de la sociedad, que parecen querer configurar una suerte de cartografía del mundo no tanto que nos toca vivir, sino que se nos quiere imponer: 'posverdad', 'deslocalización', 'digital', 'virtual', 'redes sociales'... y tantas otras perlas, que no vamos a seguir citando.

Todo parece indicar que estamos asistiendo, con una total apatía y desinterés, como si no ocurriera nada, como si no nos fuera la vida en ello, a la muerte del humanismo, que naciera en el origen de los tiempos modernos y que ha llegado hasta hoy, con no pocos frutos y logros (derechos humanos y civiles, algunos de ellos aún por conseguir), aunque también con no pocas lacras (el colonialismo, por ejemplo, ha sido una de ellas).

Pero, en esta agonía del humanismo a la que estamos asistiendo, uno de los indicadores es el de la 'deslocalización', el del ataque a la presencia; un ataque muy sutil e imperceptible, pero muy eficaz para todo lo que tiene que ver con lo común, con ese bien común que tendría que ser la aspiración de toda sociedad.

Antes nos comunicábamos haciendo uso de presencia; una presencia física que hacía acceder, también, esa otra presencia psíquica, espiritual, que favorecía la comunicación, las complicidades, los acuerdos, la manifestación de los afectos y otras varias posibilidades, beneficiosas para todos.

Ahora, con las redes sociales, con esa comunicación compulsiva con los demás, a través de los aparatos, se favorece el falseamiento de la identidad, el engaño, la fulería, la trampa, la usurpación...; todo lo cual está ocasionando no pocos problemas nuevos.

Antes, cuando teníamos que adquirir, contratar, solucionar cualquier asunto, íbamos a una determinada oficina, sede, etc. y hablábamos con un ser humano. Ahora todo eso está ya prácticamente desaparecido. Lo que ha originado (y aún no estamos en el final) la pérdida de cuantiosos puestos de trabajo y otras crisis.

Las empresas, y no sé cuántas instituciones más, ya están 'deslocalizadas'. Estamos en la pérdida del lugar, como ámbito del encuentro, del contacto, del acuerdo, de la conversación... Los no-lugares son hoy esos ámbitos, irreales, desde los que se nos vigila, gobierna, controla, alecciona, dirige..., para vaciarnos de esos últimos rescoldos de humanidad que aún laten en todos. En este sentido, las profecías orwellianas de '1984' se han quedado incluso muy cortas.

De ahí esa necesidad de reclamar esa ética de la presencia, de la luz, esa luz, que ?como observa San Juan de la Cruz en 'Noche oscura del alma'? arde en el corazón de cada uno, si hemos tenido cuidado a lo largo de la vida en mantenerla, en no dejar que nos la apaguen.

Una ética de la presencia, de la luz, del diálogo, del poder acudir a los lugares y encontrarnos con seres humanos reales con los que establecer contactos, diálogos, acuerdos, unas relaciones de fraternidad.

Frente a los engaños, a las identidades y perfiles falsos y falseados, frente a las 'deslocalizaciones', frente a los no-lugares, a las amenazas de tanta oscuridad y tanta sombra.

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