OPINIóN
Actualizado 26/10/2017
Celia Corral Cañas

#Me too o #Yo también se ha convertido en los últimos días en una expresión compartida por cientos de miles de personas en las redes sociales. Se trata de una iniciativa impulsada por la actriz Alyssa Milano con el propósito de visualizar la dimensión del problema de los acosos y abusos sexuales. La actriz compartió en Twitter el siguiente mensaje: "Si has sido acosada o abusada sexualmente, escribe "yo también" como respuesta a este tuit" y en tan solo 24 horas recibió 50.000 respuestas, el hashtag fue tuiteado casi 500.0000 veces y hubo alrededor de ocho millones de publicaciones en Facebook. Con los días, el movimiento no ha dejado de crecer y de reflejar la gravedad y la transcendencia de un conflicto que no debería dejar indiferente a nadie.

El descontento y la conmoción general tras el famoso caso de Harvey Weinstein han derivado en respuestas como esta. Solo es un ejemplo, sí, pero ha tenido un alcance lo suficientemente potente como para focalizar de nuevo la atención ante un tipo de agresión tan importante como universal. Contra el riesgo a que lo común sea normalizado, asimilado y, por tanto, deje de ser apreciado, esta vez la expresión sincera, directa y colectiva nos ayuda a llevar la mirada a ese monstruo que está ahí, que siempre ha estado ahí, respirando a nuestro lado. No se trata de Weinstein; se trata de todos los Weinsteins del mundo, con sus múltiples diferencias y su misma singularidad.

"Es una epidemia". Así definía el abuso sexual en el ámbito profesional la periodista Lin Farley en un artículo publicado en The New York Times en 1975. Y, por desgracia, lo sigue siendo. Todos lo sabemos, pero aceptamos esa certeza como se acepta una enfermedad social que a todos nos afecta pero con la que todos aprendemos a convivir.

La degradación de la mujer (y del hombre) no es ninguna novedad. Sabemos que en Sudáfrica una mujer tiene más posibilidades de ser violada que de aprender a leer. Sabemos que en España en los últimos treinta años ha habido el triple de víctimas mortales por violencia machista que por el grupo terrorista ETA durante sus más de cincuenta años de historia. Sabemos que cada día mujeres, hombres, adultos, menores, personas de todos los ámbitos sociales sufren acoso sexual en cualquier lugar del planeta. No, no es ninguna novedad. Ojalá algún día lo sea.

Quizá el primer paso sea aceptar que es un problema global, un problema de todos. No es un problema de mujeres o de hombres; es un problema de mujeres y de hombres. Como decía la prometedora Emma Watson en su discurso sobre la igualdad de género en la ONU: "Hombres y mujeres deben sentirse libres de ser fuertes. Es hora de que veamos a los géneros como un conjunto en vez de como un juego de polos opuestos. Debemos parar de desafiarnos los unos a los otros. Ambos podemos ser más libres y de esto es de lo que se trata la campaña: de libertad". No deberíamos conformarnos, por tanto, con concienciar a las víctimas y protegerlas legalmente, aunque esta sea una lucha esencial. Deberíamos concienciarnos todos, gritar ante cada una de las cientos de miles de manifestaciones para que esta epidemia no sea nunca más una enfermedad social silenciosa, para aprender a mirar a los ojos y con firmeza al monstruo que está ahí, al monstruo que siempre ha estado ahí, respirando a nuestro lado. Es el momento de comunicarle que, aunque nos aterrorice, no le tenemos miedo.

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