OPINIóN
Actualizado 03/10/2017
Isaura Díaz Figueiredo

Cerca de Tokio vivía un gran samurái ya anciano, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario.

Cierta tarde, un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos, apareció por allí. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación. Esperaba a que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para reparar en los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante.

El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha. Sabida la reputación del anciano samurái, se fue hasta allí para derrotarlo y aumentar así su fama. En el monasterio, todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo aceptó el desafío.

Juntos, todos se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven comenzó a insultar al anciano maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió en la cara, le gritó todos los insultos conocidos ofendiendo incluso a sus ancestros.

Durante horas hizo todo por provocarlo, pero el viejo permaneció impasible.

Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.

Desilusionados por el hecho de que el maestro hubiera aceptado tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:

? ¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta indignidad?

¿Por qué no usaste tu espada, aún sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?

El maestro les preguntó:

-Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo aceptan, ¿a quién pertenece el obsequio?-

A quien intentó entregarlo -respondió uno de los alumnos.

Pues lo mismo sucede con la envidia, la rabia y las ofensas -dijo el maestro.

Si no las tomas, quedan en el agresor.

Nuestro instinto natural es "saltar" y arremeter hacia alguien que nos asalta con críticas, acusaciones, juicios y mentiras.

Es un "a ver quién puede más". Y nunca acaba bien, porque si impones tu razón, suele ser menoscabando a tu adversario, y al final aunque vuestra enloquecida mente no os deja ver que fue una farsa un fracaso, el ridículo. Ustedes sí saben que han sido los únicos culpables de una muy larga cadena de mentiras, inculcada en los niños desde sus primeros años, y que la burguesía catalana consintió en una gran mayoría romper la verdadera realidad histórica, son culpables de su odio, y lo serán siempre, la historia les juzgará; emocionalmente están exhaustos (aunque se muestren triunfadores, el lenguaje corporal les delata) por su vano intento y rotundo fracaso?. Sentirán como si una ducha tóxica les hubiera caído por encima

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