OPINIóN
Actualizado 20/09/2017
Miguel Mayoral

La vorágine de farsas a la que nos enfrentamos todos los días hace que sobre la familia se hable mucho pero ciertamente se hace poco. Quizá porque tanto al poder económico como al político le interesa el individuo aislado y anónimo ? una persona, un vot

Desde un punto de vista moral-social la familia está siendo víctima de los cambios de esquemas de valores que se están produciendo en la sociedad. Los conceptos de libertad, convivencia, pareja, sexualidad, compartir, comunicación, tercera edad, abuelos, están experimentando un profundo cambio. Vivimos en una sociedad marcadamente mercantilista y materialista. Los impactos de los medios de comunicación y de la publicidad quieren rentabilizar en clave de productos comerciales valores que se sitúan más allá de los puramente materiales.

La publicidad para sacar partido de ciertos valores y sentimientos humanos, juega con los factores psicológicos, estéticos y biológicos, situándolos en un plano más filosófico y trascendental, llegando a manipular valores como el amor, la libertad, la ternura, la comunicación personal, el género, etc. Estas sofisticadas técnicas de los mass media generan serios problemas de conducta, ya que crean estereotipos en las personas que reciben sus impactos, y las convierten en sus vasallos. Todo ello desplazando los auténticos valores que edifican al ser humano. Se configuran unos esquemas familiares raquíticos, carentes de criterios coherentes, que viven la falacia de los valores vacíos y sin contenidos éticos creados por las leyes materialista que imperan en nuestras sociedades.

En la actualidad las familias están caracterizadas por ser más inestables, por su corto número de hijos, y por tener que adoptar a los abuelos en su seno; pues el poco poder adquisitivo de los salarios y las pensiones hace que los abuelos al llegar a ciertas edades, antes desconocidas, donde la dependencia se agrava no puedan ir a ninguna residencia convirtiéndose en una dificultad añadida a las familias. Ya no son los abuelos que cuidaban a los nietos sino los hijos y los nietos que cuidan a los abuelos, en condiciones en muchos casos duras, gravosas y penosas para las familias.

Todo ello genera inestabilidad consecuencia de la pérdida de valores, y del poder adquisitivo de las familias. Desde la política se ha pasado muy por encima en este tema que cada vez es más patente por el envejecimiento de la población. La inestabilidad es consecuencia de la ignorancia de las responsabilidades que trae consigo el amor, el sentimiento de sentirse y saberse enamorado. El escaso número de hijos es consecuencia, entre otras razones, de que se ha convertido en un lujo caro tenerlos y mantenerlos, además de un riesgo más a la comodidad y autorrealización de la pareja y de la misma familia.

La inestabilidad lleva consigo en muchas ocasiones separaciones matrimoniales que traen consigo el sufrimiento, desequilibrios emocionales, nuevas cargas económicas, y el reto de comenzar una nueva vida.

Es necesario facilitar y mantener la estabilidad familiar, y la opción sobre el número de hijos, además de la atención urgente por parte del Estado de la tercera edad que se está convirtiendo en una losa para muchas familias. Las residencias de la tercera edad ya no son la solución, pues su precio triplica o cuatriplica la pensión media de los ancianos en muchas autonomías.

Los poderes públicos ejercen, de una manera directa o indirecta, su influencia educativa y moral sobre los ciudadanos, en definitiva sobre la familia, por ello deberían favorecer todos estos aspectos. Si bien es necesario que cada persona tenga una formación adecuada, desde todos los medios posibles, para que cada persona asiente su personalidad, y su propio criterio con libertad y responsabilidad social. No podemos dejar tampoco a los ciudadanos abandonados en su tercera edad, después de haberlo dado todo social y familiarmente.

Durante años los políticos han predicado que si la libertad, la juventud y la educación, el pacto de las pensiones... Pero ahora que las pensiones no son suficientes, que ya no lo eran antaño marras, y ahora menos, pues ni los ingresos totales de las familias lo son, es urgente actuar. Al que va a la compra le salen las cuentas cada día peor. Ante estas limitaciones, a modo de diagnosis social, deberíamos plantearnos todos el gran valor de la familia. Que se enfoque el problema de la familia por parte de las instituciones y de la sociedad, para encontrar una única vía pedagógica social que recupere en su justo lugar a la familia, considerando la necesidad de crear un proyecto de familia que de seguridad a sus miembros, y que pueda hacer frente seriamente a los desafíos más que abusivos de nuestro tiempo, con la creación de soluciones verdaderas y con la creación de una nueva ética social y en las familias.

Deberían crearse vías que asienten la creación de familias duraderas, tradidionales, y que potencien la madurez en las familias, la compresión de las distintas generaciones en el hogar, ensalzando los valores que allí se han aprendido siempre que son fundamentales para la creación de las futuras familias, sin que por ello el Estado deje de ser consciente de que las familias en la actualidad tienen sus límites dados por la situación social, laboral y económica del momento. Se debe saber dar cobertura a cada una de las edades que forman la familia actual que vuelve a ser de tres generaciones, o incluso cuatro; activando, acortando plazos y potenciando las leyes de la dependencia por parte de las administraciones, y las salidas para los problemas reales que se dan en su seno; para que la sociedad pueda seguir conservando sus verdaderos valores que son los que se aprenden en la familia tradicional, y luego se transmiten cuando forman una nueva los futuros nuevos cónyuges.

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