OPINIóN
Actualizado 18/09/2017
Antonio Matilla

Así parece que definía D. Ramón María del Valle-Inclán al Marqués de Bradomín, prototipo del español decimonónico. Reflexionando sobre ello, llego a la conclusión de que, suponiendo que sea feo, no puedo dejar de ser católico ni convertirme en un pis-pas en una mente clara, distinta y distante. O sea, que la españolidad me da una visión holística de mí mismo, de modo que me resulta difícil distinguir los niveles de mi conciencia, los estratos de mi circunstancia vital y las facetas de mi personalidad que, cuando me presentaba cada curso ante un grupo de aula nuevo, solía describir más o menos d'esta guisa: Antonio Matilla, zamorano, persona, cristiano y cura, pedagogo a mi pesar, scout por vocación ?vocación viene del latín vocare, ser llamado desde fuera-, de un color futbolístico determinado, omnicromático, universal; toda esta sarta de palabras y palabrejas intentaban hacer honor a mi antigua condición de profesor de Lengua Española en Primaria, que es donde se aprende a leer y escribir de verdad y todo lo demás se nos dará por añadidura, para recordarles a los alumnos que no lo sabían todo y que tenían que seguir progresando.

El gran filósofo Leibniz decía, entre otras muchas cosas, que somos "mónadas", personas individuales en cuyo interior resuena el universo entero, pero zumba con más intensidad lo que tenemos más cerca. A los españoles, catalanes incluidos, nos zumban dentro muchas herencias: neandertales, sapiens sapiens, vacceos y betones, suevos, vándalos y alanos, iberos, celtas y visigodos, griegos, fenicios y romanos, moros de la Mauritania y árabes ?pocos-; hebreos, pocos también pero significativos hasta su expulsión, repobladores francos e invasores franceses, alemanes huyendo del hambre -¿sería Gustavo Adolfo Bécquer antepasado del tenista Boris Becker? y Hartzenbusch resulta un apellido de lo más carpetovetónico-. No contentos con este pastiche racial, cultural y religioso y no pudiendo ampliar más la pluralidad en la piel de toro ?Salvador Espriu, gran poeta catalán, así nombro a España-Sefarad- , nos dedicamos al mestizaje en el Nuevo Mundo ?es paradigmático el caso de Paraguay-, tal vez por no perder la costumbre de la síntesis, practicada durante siglos.

Pues bien, una parte minoritaria pero significativa y muy influyente de la antigua Marca Hispánica ha partido en dos su sociedad y quiere desgajarse de esta pluralidad originaria. Yo prefiero que se queden dentro, pues estoy muy a gusto formando parte de esta constelación y me incomoda no poder hablar con más fluidez el gallego o el catalán, o aprender con sentido un poco de vasco, no palabras y expresiones sueltas.

Hay, sin embargo, algo que me tiene muy enfadado. Me explicaré: me considero heredero político de las Cortes del Reino de León en las que hubo, en 1188, por primera vez en nuestra patria común, representantes del pueblo llano en el máximo órgano legislativo, constituyéndose así el primer parlamento democrático del mundo, al decir de la UNESCO; por cierto que las convocó un zamorano, Alfonso IX de León. Más de ochocientos años han pasado, unos pocos menos de los que tiene la fábrica de mi actual parroquia de San Martín. Acostumbrado como estoy a ser tenido en cuenta ?con las lagunas absolutistas o dictatoriales propias de diferentes épocas de nuestra historia- me sienta como un tiro que una parte de la piel de toro quiera separarse sin contar conmigo. No me parece bien que quieran rechazar esas raíces comunes -¡más perderán ellos si al final se salen con la suya y más perderemos todos!- pero lo que me cabrea de verdad es que quieran hacerlo sin mi consentimiento. Esta mónada zamorana, o sea yo, aparentemente insignificante -¿existe Zamora?- es la prueba del nueve: o me tienen en cuenta o estarán cometiendo un delito de lesa democracia. Y luego ya veré si me parece oportuno o no ser consultado sobre un punto que tengo claro, la unidad de España. En todo caso habrá que dialogar mucho. Probablemente durante más de una generación.

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