OPINIóN
Actualizado 15/06/2017
Víctor Hernández

Estamos en la última semana del curso escolar y con ella llegan las actuaciones de fin de curso. Es el momento de los nervios y la ilusión de los más pequeños para afrontar tan importante acontecimiento. El trabajo de los últimos meses se hará visible en las galas que estarán llenas de interpretaciones, números musicales y color.

Es fascinante observar cómo se desarrolla el trabajo en equipo de los más pequeños y cómo, gracias a la organización de los profesores y profesoras, una pequeña idea se convierte en todo un espectáculo de magnitudes variables.

Considero que muchas de estas muestras deberían ser a público abierto para que unas escuelas o colegios puedan ver el trabajo de las otras, sin embargo, todas estas actuaciones suelen ser a puerta cerrada y en otros casos aún peor, mediante el pago de una entrada, las cuales no se libran de pagar ni siquiera los padres y familiares de los pequeños.

Y es que hay que tener en cuenta que estas muestras sirven para ver la evolución de los niños y el buen hacer de los maestros, y lo que debería ser un acto de entretenimiento se convierte en un acto publicitario donde las escuelas compiten por ser las mejores.

Yo prefiero obviar esto último y me quedo con esa ilusión y la sensación de que los alumnos son los únicos protagonistas por unas horas, aplaudiendo, en todo caso, tanto el sacrificio de los alumnos para llevar la obra a buen puerto, como de los profesores y profesoras por su capacidad de organización y de tomar decisiones resolutivas de última hora.

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