OPINIóN
Actualizado 21/04/2017
Redacción

Dom 2º de Pascua. Ciclo A. Sigo comentando el evangelio de ayer, que constaba de dos partes:

-- Puertas abiertas. La comunidad reunida (20, 19-23).
-- Tomás toca la llaga. Jesús crucificado (20, 24-29).

Hoy me ocupo sólo de la primera parte, de este domingo llamado de la Iglesia Blanca (Dominica in Albis), un día en el que todos deberíamos volvernos transparentes, abriendo sin miedo las puertas de la vida al amor de unos a otros.

Muchos seguimos buscando quizá una iglesia espiritual, de liturgias y poderes "gnósticos", de gloria cerrada en sí misma, iglesia de cuartos oscuros sin aire, salones inmensos de un tiempo parado y perdido... Muchos seguimos encerrados, dentro de un miedo fantasmal, quizá neurótico, sin atrevernos a ser lo que somos, sin abrir la puerta del corazón de nuestra vida.

Pues bien, cuando casi todo parece perdido, cuando muchos siguen diciendo que cerremos más las puertas, este evangelio nos manda que las abramos de par en par, que no tengamos miedo a la vida que llega por Jesús (y por los suyos), que mostremos sin miedo lo que somos y tenemos

Debemos ser nosotros, mujeres y hombres de Iglesia, los que empecemos a ofrecer una transparencia plena (junto a una tolerancia cero al secretismo de los miedos y pecados ocultos, especialmente en línea de pederastia y de engaño), sin esperar a que otros empiecen, con un gesto de perdón y de acogida, no sólo a las víctimas, sino también a los que han herido a los otros, para que también ellos se curen.

Este Jesús pascual del domingo in albis (de vestiduras blancas) viene con dos fines:

--Quiere abrir las puertas de la Iglesia, para que se vea lo que hay dentro, para que ella pueda ofrecer su perdón, sin miedos, ni complejos.

--Quiere que podamos tocarnos en amor unos a otros, para curar nuestras llagas, de manera que el contacto con el sufrimiento del mundo nos transforme y nos haga capaces de expandir la vida de Dios.

Sería hermoso que pudiéramos ir todos, vestidos de blanco, a la liturgia de la vida, sin nada que ocultar, con mucho que anunciar, en gesto de perdón

Abrir las puertas cerradas, la tarea del perdón (Jn 20, 19-23)

Está reunida la comunidad de los amigos de Jesús, que le recuerdan y le aman, pero no creen todavía en su resurrección. El texto les presenta como "hoi mathêtai", los discípulos, en sentido extenso. Son la Iglesia reunida, que recuerda a Jesús, pero no acaba de creer y vive llena de miedo.

Están reunidos, en una casa cerrada, por medio a " los judíos" (20, 19), es decir, a los otros. Así corremos hoy el riesgo de cerrarnos, dentro de un espacio inmunizado. Son un grupo miedoso, pero viene Jesús (desde dentro, pues ellos tienen sus puertas cerradas). Tiene que venir él, para darles su autoridad, su poder, que es la paz, la fuerza que proviene del Jesús que ha muerto (que no ha tenido miedo de morir por los demás).

Los discípulos se han cerrado en su torre de miedos y de calentamientos: ¡que no se sepa, que no nos descubran! Pero Jesús viene para abrir las puertas, para que se sepa y se vea todo? Viene para abrir las puertas, para mandarles (mandarnos) al mundo, con una palabra de perdón, con un testimonio de vida.

- ¡La paz sea con vosotros!

Jesús abre las puertas y penetra en una iglesia cerrada, con aire mohoso y telarañas, para saludar a sus discípulos dos veces, con la misma palabra: paz a vosotros (eirênê hymin: 20,19.21). Sobre un mundo atormentado por la guerra y la violencia (por las armas atómicas de los grandes y las bombas de los chicos), sobre un mundo donde los adolescentes se matan por miedo, donde los mayores no logran ocultar sus miedos, ofrece Cristo su paz. Sobre una comunidad encerrada por el miedo (cerrada en sus secretos mentirosos) extiende el Cristo pascual la gracia de su vida hecha principio de misión universal.

- La paz del crucificado.

Como signo de identidad, como expresión de permanencia de su pasión salvadora, Jesús mostró a sus discípulos las manos y el costado (20, 20), en gesto que después va a recibir nuevo contenido ante el rechazo de Tomás (cf. 20, 24-29). Éstas son las "armas" de Jesús: ¡sus heridas! Viene herido de amor, con las tres heridas: en cada una de las manos y el costado.

Creer en la pascua es descubrir que el mismo Jesús crucificado (no un espíritu celeste) es el Señor glorioso. No hay pascua sin "memoria de Jesús asesinado", sin memoria de los crucificados de cada día. La memoria del sufrimiento de Jesús hace que la Iglesia pueda superar su miedo, su duro encerramiento, sus técnicas de inmunización falsa.

- La Paz del Espíritu Santo.

Jesús alienta sopla sobre sus discípulos diciendo recibid el Espíritu Santo (20, 22), en gesto de nueva creación. Dios había alentado en el principio sobre el ser humano, haciéndole viviente (Gen 2, 7). Así recibimos el aliento de Dios, respiramos con su misma respiración, llevamos dentro el "aire" de su vida. La iglesia cerrada estaba respirando sólo sus propios miedos.

Pues bien, Jesús abre no sólo las puertas externas de la casa, para que entre en ella el aire del mundo, sino que ofrece a los creyentes su propio aliento, su espíritu de Vida. El cosmos entero aparece así como respiración de Dios, que se expresa por el Cristo muerto, que ofrece su aliento a los hombres.

- La pascua es misión: ¡como el Padre me ha enviado así os envío yo! (20, 21).

Estaban encerrados por miedo, él les envía. Estaban cerrados en sus pequeños problemas: Jesús abre las puertas de su casa, de su iglesia, de su Vaticano y les dice: ¡Marchad, yo os envío! La pascua es la certeza de una inmensa misión, la misión de la vida, propia de aquellos que han visto y sentido como propias las heridas de Jesús y de todos los crucificados.

Antes, los discípulos querían defenderse, por eso estaban cerrados. Pues bien, Jesús les dice que no se defiendan: que salgan, como sale Dios (como Dios ha enviado a su Hijo), que salgan sin miedo a la muerte.

- La pascua es perdón: a quienes perdonéis los pecados... (20, 23).

Éste es el tema, ésta la tarea de la iglesia: Este mundo no ofrece perdón, los hombres se encuentran divididos, destruidos; carecen de medios para expresar el perdón, todo se hace por ley y por venganza, en una espiral de violencia y contra-violencias.

Pues bien, sobre ese desierto de pecado (falta de perdón), Jesús dice a sus discípulos, a todos (sin distinción de clérigos y no clérigos): "a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados?". Ésta es la tarea pascual de la Iglesia: que los cristianos ofrezcan, ofrezcamos el perdón sobre el ancho mundo.

Éste es nuestro "poder", nuestro distintivo: podemos ofrecer y extender el perdón de Dios sobre la tierra, un perdón que acoge y transforma, el perdón de los crucificados como Jesús (y con Jesús). (Y si no ofrecemos perdón quedamos sometidos a la dura ley de la violencia y a la venganza, al eterno retorno de la muerte).

Esta gracia y tarea del perdón es la que funda a la Iglesia y la presenta como "pueblo distinto", entre todos los pueblos de la tierra. Para ello, la Iglesia debe ser transparente, como lo fue el Cristo: Sólo el que está dispuesto a morir por los demás puede perdonar.

La iglesia es el pueblo de aquellos que se abren y se muestran transparentes (puertas abiertas), pueblo de aquellos que se perdonan entre sí y perdonan a los otros, a todos?, pero con justicia, sin ocultar nada, con transparencia (sin aprovecharse de nada).

Sólo de esa forma expresan el perdón de Dios y han de hacerlo con una responsabilidad inmensa: allí donde los hombres y mujeres no se perdonan no puede expresarse en el mundo (de manera visible) el perdón del Dios de Jesús, que es perdón de toda la comunidad del Cristo (aunque puede expresarse y se expresa de forma sacramental por algunos representantes de la comunidad).

La iglesia entera, desde el don pascual de Cristo, es signo y principio de perdón sobre la tierra; si ella no expresa y expande este perdón, de manera fuerte, se corre el riesgo de que el mundo quede sin perdón, se encierra en su violencia sin fin.

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