OPINIóN
Actualizado 11/04/2017
Redacción

Flores de sangre copta abiertas en estallidos. Calles ahítas de imágenes sangrientas mientras un camión pasa sembrando la muerte. Los días están teñidos de sol y alfombrados de pétalos mientras, en la noche, los cirios gotean de pena, sin embargo, aquí donde el horror se hace arte y belleza cuestionamos cosas tan estúpidas como el humor que, como siempre, puede doler o desagradar, pero está ahí casi como una función fisiológica más que ahora, deberíamos hacer en privado. La poética del horror choca con la estupidez de quien utiliza el lenguaje como un medio para hacerse oír sin decir nada. La oratoria no es precisamente un arte en nuestra política, y menos en estos líricos jóvenes del insulto y de la agresión que no analizan, sino que dan carnaza a una prensa que no repara en lo sucedido, sino en el absurdo intercambio de lindezas. Rufián, este hombre cuyo apellido podía resultar un problema, hace honor al mismo y aunque no diga mentiras, su forma de comunicarse le convierte en el bufón de la corte y hace digno a quien recrimina. Pocas veces una comisión parlamentaria se ha parecido más a una taberna patibularia.

Nos perdemos en el follaje de lo absurdo. Parejas que parecen perfectas y no lo son, declaraciones absurdas, presidentes que prohíben lo más básico acuciados por el miedo a la crítica. Una mariposa que contiene el espíritu de quien instauró el desorden. Un país tranquilo que despierta convertido en noticia del horror. Un tiempo de sol y de cosecha que necesita agua. Todo parece flotar en la miasma del calor adelantado y de esa desmesura que enseguida olvidamos. Todo parece estar a punto de madurarse demasiado pronto: las flores que caen en un rumor de pétalos, la sangre derramada en un atentado, las armas que se cuentan para hacer un simulacro de entrega. Sin embargo nosotros, aquellos que ya estamos un poco más allá de la línea de flotación de la paciencia infinita, sabemos bien que ni haciendo el teatro del desarme se restaña la herida ni estamos libres de ser los próximos en sufrir un ataque. Ese mismo que no se sabe de dónde viene sembrando de muerte iglesias y calles, casas y pulmones. Sabemos nosotros de la fugacidad de las grandes noticias y de la falsa verdad de las imágenes empalagosas de felicidad que se declara en las redes de la inmodestia. Todo es engañoso y nada nos importa porque pasará, menos el calor y las flores de sangre, esas brillan de horror y quizás se paseen por nuestras calles esperando la Resurrección, que después de todo, es la esperanza de los que no somos como ellos.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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