OPINIóN
Actualizado 04/04/2017
Redacción

Presenté ayer la carta que A. Aradillas me ha mandado desde su portal, comentando el mensaje y contenido de mi libro Abbá-Immá. Historia de Dios en la Biblia (imagen 2).

Es claro que no todos los lectores de mi blog podrán leer ese libro, aunque es pequeño. Por eso he pensado que sería bueno responder a Sr. Aradillas, dándole las gracias por su excelente y amistosa presentación, resumiendo en concreto para él (y de paso para mis lectores) aquellas que son, a mi juicio, las siete claves del libro y, lo que es más importante, de la experiencia cristiana de Dios.

Quien tenga tiempo y deseo de entrar a fondo en el tema del Dios bíblico y cristiano, según mi experiencia y teología, podrá acudir al libro más académico que escribí y publiqué hace dos años con el título de Trinidad. Itinerario de Dios a los hombres (Imagen 3). Allí recojo y expongo de un modo escolar y más pausado los elementos principales de la revelación y presencia del Dios de Jesús (=Trinidad) en nuestra vida.

He querido pues recoger de un modo orgánico los siete puntos principales de mi reflexión sobre Dios, que he venido elaborando y condensando con mi amigo, psicólogo y teólogo M. R. Losada que ha enseñado y enseña estos temas en universidades de Río Janeiro y Recife de Brasil.

Así van por tanto, con cierto atrevimiento (y rubor), para Aradillas y Losada, nuevamente, las siete clave de mi visión del Dios Cristiano, que es Abba-Imma, comunión creadora de vida, siendo Espíritu Santo (círculo de amor divino, un baile misterioso de vida, conforme a la visión del símbolo cristiano de la Trinidad: imagen 1).

En esa línea, todo lo que aquí digo podría y debería explicitarse en claves pneumatológicas (de Espíritu Santo), porque en en él nos movemos, avanzando en amor, en él vivimos y podemos ser, como dice Pablo citando a un poeta pagano en Hech 17, 28. Buen día a todos los amigos, feliz día, porque hay Dios y Dios es "el que es", es decir, el que hacer ser, como Padre-Madre, en amor infinito y siempre concreto.

(1) Dios, la primera palabra.

Los judíos sabían que Dios es Padre y decían: Abinu-Malkenu, Padre nuestro, Rey nuestro. Siguiendo en esa línea, Jesús le llama simplemente Abba (¡papá, padre mío!), sabiendo que es Abba-Imma, padre-madre. Abba (padre) era y sigue siendo en muchos lugares y familias la primera palabra que la madre (Imma) enseña al niño. Es, en un sentido, la primera voz que dice el niño, y que así le sitúa en la raíz de todo lo que existe, en el lugar donde Dios se manifiesta como fuente de Palabra, principio de la humanidad, por encima de las religiones establecidas.

Esa voz (Abba) transmite una experiencia fundante de Jesús, en la raíz de su mensaje, en un contexto social y familiar donde muchos (pobres y excluidos) carecían de padre, pues no lo tenían o aquél que tenían no podía defenderles. Dios Abba no es papaíto sentimental, sino Padre que guía y defiende a los hijos, asegurándoles que pueden superar la prueba y mantenerse en camino de Reino.

(2) Jesús, mediador de Dios, que es Imma-Abba.

En ese sentido podemos afirmar que Jesús actúa como mediador del Padre, como madre o hermano mayor que sostiene y anima a los excluidos/oprimidos, y les enseña a decir Padre, para que se reconozcan hijos de Dios, en un mundo sin familia, sabiendo que Dios puede y quiere defenderles, abriendo con (para) ellos una experiencia de Reino.

En una sociedad donde parecía que sólo podían apelar a "padre" los hijos de buena familia, pues los otros, marginados y excluidos, no tenían defensa de nadie (ni padre), Jesús habló a los huérfanos de amor y de riquezas de la vida, diciéndoles que eran hijos de Dios Padre-Madre, capaces de buscar el Reino, sin perder su identidad (su vida), en la rueda de opresión del mundo.

Su Dios abba-imma no actúa sólo en línea de intimidad (él y yo a solas, nosotros a solas) aunque un momento de buena intimidad es necesario, ni de sacralización social (avalando el orden establecido), aunque es necesario un orden social, sino como fuente experiencia y exigencia de trasformación (nuevo nacimiento) por la Palabra que crea, potencia y vincula en amor a los hombres, pues sostiene y da vida a los últimos del mundo, para iniciar partiendo de ellos un camino de Reino. Jesús ha roto así un orden sacral donde parecía que sólo los grandes (reyes, sacerdotes, nobles) podían mantenerse, mostrando que Dios es Padre de todos, y de un modo especial de aquellos que no tienen padre, protección ni medios de vida.

(3) Dios, un Abba que es Imma (madre). El Dios Padre de Jesús tiene rasgos paterno/maternos.

En la raíz del Abba (padre) está la Imma, es decir, la madre, que enseña a los niños a decir precisamente Padre. En el centro del Nuevo Testamento se encuentra la palabra Abba, que Jesús ha utilizado en su oración, al referirse al Padre (cf. Mc 14, 36 par), y que la tradición posterior (cf. Rom 8, 14; Gal 4, 6) ha tomado como nota distintiva de su plegaria.

Ésta es una palabra primigenia, que sólo puede interpretarse a partir de la madre (Imma), pues ella se la enseña al niño, aunque luego ella queda a veces en la penumbra. No es la primera palabra (quizá la primera es Imma), pero es absolutamente necesaria: Sólo cuando la Imma enseña al niño a decir Abba (saliendo de alguna forma de ella), y cuando el niño dice así (Abba) podemos afirmar que la vida tiene sentido.

(4) Una experiencia primordial, dos elementos: Padre y Madre. Diciendo Abba, el niño no puede abandonar a la madre, pues de esa forma caería en manos de un mal patriarcalismo, que ha sido está siendo quizá el mayor de los males religiosos y sociales de la humanidad actual. Pero tampoco puede quedarse sólo en la Imma exclusivista, en un tipo de fusión inmediata con ella.

Para que la vida del niño madure en riqueza y diálogo hace falta una buena madre (Imma) que le lleve al Abba, descubriendo y viviendo otra relación o, mejor dicho, entrando en la relación mutua del padre y de la madre, que será principio de todas las restantes relaciones (con los hermanos, con los otros).

(5) Un padre materno o, mejor dicho, una madre paterna, pues es Imma la que enseña a decir Abba.

Por eso, en el Abba de Jesús está la Imma (y viceversa). Abba es la más sencilla de todas las palabras, casi onomatopéyica, que el niño pronuncia y comprende en el mismo principio de su vida, al referirse cariñosamente al padre (abba), en unión (a partir) de la madre (imma), pues es ella la imma (amma) la que enseña a decir abba (aita).

La primera palabra son dos palabras: Imma-Abba, Amma-Aita, Mama-Papa. Por eso, en el principio de todas las palabras hay dos palabras, una que lleva e incluye a la otra (imma que lleva al abba, abba que vuelve a la imma). Sólo en ese contexto dual se puede decir que surge de verdad la existencia humana, entendida en forma de comunicación, de referencia mutua.

Por eso, el abba-padre no solamente incluye elementos de madre (padre materno, padre tierno), sino que sigue teniendo a su lado a la madre, de la que depende (la Madre es la que sigue haciendo que el hijo diga Padre, de manera que sin Madre desaparece el Padre). No basta, por tanto, que el padre sea cariñoso y paterno, sino que siga teniendo a su lado una madre, pues Abba (Padre) ofrece una experiencia relacional y sólo tiene sentido dentro de la relación de la Madre (Imma) con el Hijo (Ben, Bar).

(6) Jesús, una experiencia integral: Volver a la infancia, el padre con la madre.

Un Abba sin Imma no es sólo enfermizo sino contrario al evangelio, pues al lado del Abba ha de estar la Imma como iniciadora y testigo del Padre. En su misma cercanía, esas las dos palabras marcan el acceso del niño a la vida personal consciente y definen su identidad. Muchos han aplicado a Dios palabras muy sabias, como si hubiera que dejar la infancia para encontrarle, como si la experiencia del niño fuera incapaz de abrirnos a la hondura de la Realidad.

Pues bien, Jesús ha vuelto de algún modo a la infancia (en ejercicio de intensa neotenia) y de esa forma ha recuperado ante Dios su primera experiencia de niño en brazos de la madre (Imma) que le lleva al padre, pudiendo decía así Abba (que es siempre Padre desde la Madre).Otros no se han atrevido, Jesús, en cambio, lo ha hecho y de esa forma ha saludado a Dios de un modo intenso con la más fuerte de todas las palabras, aquella que los niños confiados y gozosos aprenden de boca de la Madre (Imma) para referirse al Padre (Abba) en quien creen y confían, sin dejar por eso a la Madre (sino todo lo contrario).

La experiencia religiosa de Jesús es una parábola de madre y padre, que se expresa después como unión de hijo y padre materno (cf. Mt 11, 25-27). No es algo que se aprende por fuera, sino la misma vida. No es algo que se sabe y resuelve de antemano, ni resultado de una larga demostración, sino en el mismo despliegue humano, que se va expresando a medida que se avanza en el camino, empezando por las primeras palabras de la vida, imma-abba.

(7) Padre-Madre, experiencia de Dios.

Por eso, la experiencia de Dios como Madre-Padre resulta inseparable del camino concreto, diario, de su vida. (a) Un camino ascendente. El Dios de Jesús es Imma-Abba (Madre-Padre), porque alimenta, sostiene y ofrece un futuro de vida a los niños y, con ellos, a todos los humanos. Es Padre materno, que alienta la vida de los hombres. (b) Un camino descendente...

El modelo para hablar de ese Dios Padre no son los grandes varones patriarcalistas (sacerdotes, rabinos, presbíteros y sanedritas), sino aquellos varones y mujeres que, como Jesús (por estar bien fundados en un madre-padre), han abierto un espacio de vida para los demás, para los hermanos (en especial para los pobres). En ese contexto de simbolización paterna ha de entenderse la nueva visión que Jesús ha tenido del matrimonio, entendido como espacio permanente de fidelidad, donde varones y mujeres compartan un mismo camino de amor, en gesto de intimidad y de compromiso liberador.

TEMA ABIERTO:

‒ Esta enseñanza-experiencia de Jesús no es una doctrina, sino un camino de humanización, que puede hacer referencia al Padre Dios. Sólo en ese contexto de imma-abba se puede contar de verdad la parábola del Hijo Pródigo.

‒ Para recuperar la Imagen y Experiencia de Dios resulta necesario recrear el tejido de la vida, hecha de imma-abba, de relación de crecimiento y de vinculación mutua de personas.

‒ Sin una fuerte experiencia de comunicación-justicia no se puede hablar en este sentido de Dios.

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