OPINIóN
Actualizado 28/03/2017
Redacción

No me preguntes, mi niño,

por qué el cielo de estas noches

no exhala azules suspiros,

ni dónde están las estrellas;

tendría que decirte, hijo,

que han huido de misiles

que están vomitando vidrios

de muerte sobre tu casa.

No me preguntes, mi niño,

por qué están rojas las piedras,

ni por qué los blancos lirios

niegan un beso a la tarde;

tendría que decirte, hijo,

que de sangre llevan túnica

y que el amor en su nido

tiembla de miedo a las bombas.

No me preguntes, mi niño,

por qué tosen las espigas,

ni por qué tu pan de trigo

no está ya sobre la mesa;

tendría que decirte, hijo,

que se asfixian con la pólvora

y que el costal de los ricos

hace el harina con tu hambre.

No me preguntes, mi niño,

por qué no vas a la escuela,

ni por qué lloran los libros

por no enseñarte a volar;

tendría que decirte, hijo,

que te han atado las alas

pues tu vuelo es el peligro

de quien vive de matar.

No me preguntes, mi niño,

por qué oyes llorar a Dios,

por qué no cantan los mirlos,

ni por qué mueren los árboles;

tendría que decirte, hijo,

que la ambición con sus dientes

mordió las venas de un río

y Sangra todo el planeta.

No me preguntes, mi niño,

quién susurró tus preguntas,

quién tornó tu nana en himno

ni quién durmió tus juguetes;

tendría que decirte, hijo,

que quienes hieren tu infancia

con las voces de los tiros

y el fantasma de la guerra

son hombres que como tú füeron niños

y eso, mi amor, me da vergüenza decírtelo.

María Jesús Sánchez Oliva.

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