OPINIóN
Actualizado 27/03/2017
Redacción

Estamos como queremos. Para dar de comer al Typical Spanish, ya podemos agregar una muesca más a nuestra colección. Además de la tortilla de patata, el jamón, la paella, la sangría, la siesta, los toros y la retahila de lugares comunes que nos asignan los "guiris", ahora debemos añadir el genuino especimen del estibador español. En esto también somo únicos. Puertos comerciales existen en todo el mundo, y todos tienen personal encargado de las labores de estiba y desestiba. ¿Cuál es nuestra particularidad? Somos la única nación del mundo que para estos menesteres debe emplear obreros que, sin ser funcionarios, tampoco pertenecen a ninguna empresa. Forman parte de una Coordinadora que agrupa a los estibadores de todos los puertos españoles. Puestos a ser diferentes, no han querido encuadrarse en los sindicatos clásicos. Su exacerbado corporativismo hace que no se fíen. Y no es extraño porque, sin ser sindicato de clase, son clasistas, machistas y nepotistas.. Llega un barco al puerto para carga o descarga de mercancías y la empresa consignataria ?que no tiene posibilidad de buscar otros operarios- debe ponerse en manos de estos privilegiados para que la operación se realice sin problemas. Son ellos mismos quiénes deciden las altas en su cofradía, con descarada preferencia para sus familiares, y, por supuesto, los que fijan los salarios. Con esa facultad, sería de tontos ?y estos no lo son- adjudicarse retribucones normales. De eso, nada. El salario de un estibador es comparable al de un ministro ?entre 65.000 y 100.000 ?- Para ese nivel de ingresos no se piense que precisan ni estudios superiores ni cualidades distintas a las de millones de españoles. Situación tan anacrónica no podía dilatarse por más tiempo. La Unión Europea dictó una resolución en 2014, de obligado cumplimiento, obligando a España a liberalizar el sector para facilitar la libre competencia.

En aquellos momentos, el gobierno de Rajoy contaba con mayoría suficiente para haber sacado adelante la oportuna modificación laboral de este colectivo que, con toda seguridad habría ofrecido resistencia a la extinción de sus prerrogativas, pero sin llegar la sangre al río ante la posibilidad de perder el empleo. Una vez más, el miedo a perder el voto de los poco convencidos, exaspera a quien confia en la actitud de un gobierno comprometido con sus promesas. Ahora atravesamos una situación nada sencilla. Sabedores de la amenaza de importantes sanciones económicas ?que pagaremos los demás- y del vergonzoso ejercicio antiespañol de algunos partidos políticos, el colectivo de estibadores no aceptará cualquier propuesta se suponga disminuir sus prebendas, conscientes de que la pelota está en el tejado de las empresas portuarias y, en último caso, del Gobierno. La única condición que no quieren negociar ? la exigencia de subrogación por decreto de sus contratos laborales- es precisamente la primera abolición que establece la resolución de la Unión Europea. Su excesivo egoísmo puede convertir a estos estibadores en meros "estiradores" de una cuerda que, si se rompe, hará que todos rueden por el suelo. Poco más de 6.000 personas no pueden arruinar una nación, sin que esta pueda defenderse. Al mismo tiempo, los partidos políticos que han rechazado el decreto presentado por el Gobierno parece que tampoco están dispuestos a cambiar de opinión porque han agarrado tajada en las carnes de un blando gobierno, y no quieren soltar. La inestabilidad de alguno de ellos y la posibilidad de infringir nuevas derrotas parlamentarias al partido del gobierno, les impide valorar las negativas consecuencias de sus decisiones. Pero también ellos juegan con fuego. Se están arriesgando a que los ciudadanos, ante unas posibles nuevas elecciones, comprueben qué partidos anteponen sus propios intereses a los del resto de españoles.

Un gobierno no puede estar siempre de rodillas, ni ceder en materias perfectamente definidas en su programa electoral. Si no es capaz de alcanzar el necesario apoyo de quienes deben colaborar para evitar la debacle, antes de hipotecarse, es preferible que ponga el problema en manos de todos los españoles, que no suelen equivocarse.

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