OPINIóN
Actualizado 24/03/2017
Redacción

El grupo de trabajo sobre economía del Secretariado por la justicia social y la ecología de la Compañía de Jesús ha elaborado un documento interesante titulado Por una economía global justa. Construir sociedades sostenibles e inclusivas. Antes de plantear algunas recomendaciones para la familia ignaciana, plantea la necesidad de promover una "nueva espiritualidad" y la asocia a una nueva manera de entender el bienestar personal. Refuerza una idea central de la espiritualidad ignaciana y que nos recuerda la Laudato Si'' del Papa Francisco: los cambios que necesita nuestra sociedad requieren una profunda conversión interior. Los nuevos cambios requieren un nuevo corazón y por eso deberíamos plantearnos la relación entre nuevas espiritualidades y viejos compromisos.

Entiendo por "viejos compromisos" la militancia social, sindical y política en el más amplio sentido de la palabra. Una militancia a la que hace alusión el documento cuando se refiere a los recursos que ya dispone la Compañía para promover ese nuevo modelo de "economía global justa". En concreto, cuando se refiere a la red de instituciones jesuitas y detalla la importancia de centros de formación como universidades o escuelas profesionales. Al citar estas últimas, el documento hace una autocrítica que no puede pasar desapercibida: "No se ha percibido ni aprovechado el potencial de nuestras escuelas profesionales".

Quienes conocen la historia de la Compañía saben que las escuelas profesionales han desempañado un papel importante en el nivel de lo que aquí hemos llamado "viejos compromisos". La historia social, política y cultural de algunas ciudades de España no se podría entender sin aquella espiritualidad ignaciana que nutría un vigor apostólico que se metamorfoseaba en militancia de todo tipo. Sin necesidad de remitirnos al Padre Ayala, "los Luises" o las famosas Congregaciones marianas, la "vieja espiritualidad" ignaciana era la fuente de "nuevos compromisos". Si hace un siglo fue la que protagonizó el afrontamiento de la "cuestión social", ahora debería afrontar los desafíos de la "ecología integral".

La autocrítica que realiza el documento no debe ser leída únicamente en clave compensatoria, es decir, para alinear las viejas espiritualidades a los nuevos compromisos. Si así fuera, no haríamos justicia al dinamismo institucional que ha generado las actuales estructuras de acompañamiento, militancia y discernimiento. Además de ser planteada en clave de provocación y estímulo, debe ser leída en clave de maduración y agradecimiento. Para ello, los lectores del documento deberían ponerse las pilas, no solo para trabajar en la dirección en la que apunta el documento sino para conocer una tradición que pasa desapercibida en muchos centros educativos.

No basta tener conciencia de nuestros hábitos de consumo, tampoco fomentar una producción y un desarrollo más sostenibles. Hacen falta instituciones ágiles, familias entusiasmadas, hábitos del corazón y comunidades diferenciadas animadas por esta nueva espiritualidad. Gentes que tengan clara conciencia histórica y que no tengan miedo de los "viejos compromisos", sobre todo porque el desafío de una "ecología integral" también requiere virtudes, prácticas y comunidades de vida cristiana que actualicen la propuesta de una "antropología integral".

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