OPINIóN
Actualizado 01/03/2017
Redacción

No consta que el obispo de Astorga, Juan Antonio Menéndez, hiciera ayer acto de contrición, pero implícitamente hizo propósito de enmienda, al comprometerse a hacer lo que hasta ahora ha eludido: investigar a fondo las denuncias de abusos sexuales denunciados por antiguos alumnos del Seminario Menor de La Bañeza y exigir responsabilidades a sus autores y encubridores.

Forzado por el escándalo que han generado dichas denuncias, y sobre todo el encubrimiento de sus presuntos autores -en el caso del ex párroco de Tábara, nada presunto, sino confeso-, monseñor Menéndez no tuvo ayer más remedio que recibir en el propio Obispado a cinco ex seminaristas victimas en su momento de pederastas con sotana. La actuación del obispo está completamente en entredicho desde el momento en que permitió que dicho ex párroco fuera homenajeado por los feligreses de Tábara (Zamora), desconocedores de que José Manuel Ramos Gordónse había visto obligado a abandonar dicha localidad a causa de la "privación del oficio de párroco" a la que fue condenado después de un procedimiento canónico instado desde el Vaticano tras una carta dirigida por la víctima al Papa Francisco.

Para mayor inri, en enero pasado, cuando todavía no se había destapado el pastel, Menéndez nombró vicario episcopal de Ponferrada a Javier Redondo de Paz, antiguo profesor del Seminario de La Bañeza y señalado por el denunciante como encubridor de los abusos cometidos y reconocidos por Ramos Gordón. Tampoco consta que el obispo abriera investigación sobre otros curas denunciados como encubridores, caso de Juan Herminio Rodríguez, actual párroco de Bembibre. La carta dirigida al Papa salpicaba incluso al hoy arzobispo de Compostela, Julián Barrio, antiguo rector del Seminario Mayor de Astorga, donde la víctima relató los abusos sufridos en La Bañeza sin conseguir otra cosa que el repudio del profesorado.

Así las cosas, de acuerdo con la Congregación para la Doctrina de la Fe, monseñor Menéndez anuncia "una amplia y exhaustiva investigación" sobre los hechos, complicidades y encubrimientos denunciados. A la fuerza ahorcan, máxime cuando la opinión pública está escandalizada y el Vaticano vigilante ante la laxitud con que la jerarquía -a la vista está- actúa ante tan bochornos y deleznables episodios.

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