OPINIóN
Actualizado 01/03/2017
Redacción

Tras la limosna y la oración, culminando la trilogía de la justicia del evangelio del Miércoles de Ceniza (Mt 6, 1-18), que yo quiero llamar miércoles de ayuno, viene el gesto de la renuncia positiva, no por sadismo o victimismo, sino por elevación personal (¡buscad los bienes más altos!) y por solidaridad humana. Éste es el ayuno de la cuaresma cristiana, según el evangelio.

En la actualidad, el ayuno ha perdido en occidente gran parte de su antiguo poder sagrado, pero ha recuperado mucha importancia, desde la perspectiva de la salud (dietética) y, sobre todo, desde la problemática de la justicia social:

Es necesaria una renuncia, para compartir la comida con los pobres; sólo
sabiendo renunciar (empezando por los más ricos), podremos ser más felices, podremos compartir.
Este es el ayuno del evangelio del domingo (26, 2, 17), que nos permite vivir sin agobio y desprendernos para compartir y gozar.

En esa línea, el ayuno, se ha vuelto absolutamente esencial, para la salud de unos, para la comunión de todos. Este ha ce ser un ayuno individual (pero, sobre todo, social y cultural), un ayuno para gran viaje interior de la oración, un ayuno para la libertad.

No es ceniza lo que Dios quiere, y lo que necesitamos, sino ayuno de elevación personal y solidaridad. Para que lo cultivemos así: ¡bienvenida cuaresma!

Si un tipo de mundo poderoso y rico no aprende a ayunar para compartir su abundancia con los pobres se destruye a sí mismo, destruye a los pobres y pone en riesgo el equilibrio vital de la misma tierra.

Si un tipo de hombre autosuficiente no aprende a renunciar y ayunar, a contemplar a Dios y amar a otros (para que ellos se liberen... rompiendo los barrotes de su jaula, los muros de su separación, el egoísmo de su "mamona"...), ese hombres se destruye a sí mismo, se vuelve enfermo y pierde el equilibrio de la misma vida.

Sin un tipo de ayuno matamos a los pobres y nos matamos a nosotros mismo. Se trata de un ayuno no sólo dietético y medicinal, sino humano, espiritual y corporal en el sentido más profundo.

Sobre el ayuno puramente dietético es necesario un ayuno personal de solidaridad y de auténtica maduración existencial. Desde aquí debe entenderse el pasaje que sigue:

Texto

6 16 Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. 17 Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, 18 para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

En principio, el ayuno de Israel era parecido al de otras religiones y pueblos del entorno: Saúl ayuna antes de luchar contra los filisteos (1 Sam 28, 20-22); Moisés, antes de entrar en contacto sagrado con Dios (Ex 34, 28), y los israelitas celebran ayunos de arrepentimiento (cf. Joel 2, 12; Ester 4, 16), que se parece mucho a de los paganos de Nínive (cf. Jon 3, 4-7). Pero los profetas han puesto de relieve un rasgo nuevo, vinculado el ayuno con la justicia, pasando así del campo sacral al social:

¿Acaso es éste el ayuno que yo quiero?? ¿Doblegar como junco la cabeza, echarse sobre saco y ceniza? ¿A eso llamáis ayuno y día grato a Yahvé? ¿No será más bien otro distinto el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de la maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los oprimidos, y arrancar todo yugo? ¿No será partir tu pan con el hambriento, y recibir en casa a los pobres sin hogar? ¿No será cubrir al desnudo y no desentenderte de tu semejante? Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente.

Te precederá tu justicia, la gloria de Yahvé te seguirá. Entonces clamarás, y Yahvé te respon-derá, pedirás socorro, y dirá: Aquí estoy. Si apartas de ti todo yugo, si no acusas con el dedo y no hablas maldad, repartes al hambriento tu pan, y al alma afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas tu luz, y lo oscuro de ti será como mediodía (Is 58, 5-10).

En esa línea, insistiendo en el carácter social (justicia) de su compromiso religioso, el judaísmo ha podido superar gran parte de los ayunos tradicionales, aunque ha conservado como los del Yom Kippur o día de la expiación, para conmemorar la justicia y el perdón de Dios, y los que conmemoran la caída de Jerusalén, con la destrucción del templo, en el mes de Tammuz (segunda quincena de junio) por la destrucción del 578 aC y en el mes de Av (agosto), por la del año 70 dC . En ese contexto, Jesús ha concedido menos importancia al ayuno por el pasado, pues lo que a su juicio urgía era la llegada y celebración del Reino de Dios, con la justicia a favor de los pobres (Is 58).

Lógicamente, a los pobres, hambrientos y marginados no se les puede exigir un ayuno pensado "virtuosos" religiosos y para aquellos que pueden contar y cuentan con abundancia de bienes. Más aún, partiendo del anuncio del Reino, de un modo provocador, el evangelio ha podido recordar que los primeros seguidores de Jesús no ayunaban: "Los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayu-nando. Fueron a Jesús y le dijeron: ¿Por qué ayunan los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos, pero tus discípulos no ayunan?" (Mt 9, 14-15a; cf. Mc 2, 18-19).

Desde ese fondo, la tradición más antigua sabe que Jesús no ayuna: "Porque ha venido Juan Bautista, que no comía ni bebía y decís: tiene un demonio. Ha venido el Hijo del Hombre, que come y que bebe, y decís es un comilón y un bebedor, amigo de publicanos y pecadores" (Mt 11, 18-19; cf. Lc 7, 33-35). Los mismos que acusan a Juan Bautista por su excesiva penitencia (parece convertir la religión en puro ayuno), condenan a Jesús por lo contrario: porque come y bebe, celebrando la presencia de Dios, como novio de bodas, en forma de comida, no de ayuno.

Pero ese gesto de Jesús, rechazando el ayuno por la llegada del Reino (en una línea que puede vincularse a Is 58), ha sido resituada por Iglesia posterior, que ha querido añadir allí unas palabras muy significativas: "Vendrán días en que el novio les será arrebatado. Entonces, en aquel día, ayu-narán" (Mt 9, 15b; Mc 2, 20).

Parece que la Iglesia evoca así la "muerte" de Jesús: Cuando él no esté, cuando los cristianos no tengan ya al novio, reintroducirán el ayuno. Y de esa forma, la comunidad cristiana ha vuelto a promulgar un tipo de ayuno, inspirado quizá en el gesto de los cuarenta días de Jesús en el desierto, tras el bautismo (Mt 4, 2; cf. Mc 1, 13; Lc 4, 2). En esa línea, la Iglesia de Mateo ha reintroducido y regulado el ayuno, unido a la oración y a la limosna, como expresión y exigencia de justicia, pues sólo el vencimiento propio (un tipo de dominio de sí hace posible el despliegue de la verdadera justicia humana, del verdadero encuentro con Dios).

‒ Cuando ayunéis, no anidéis cabizbajos, como los hipócritas? Tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lávate la cara? (6, 16-17). Éste es un pasaje de polémica y choque, en contra de los hipócritas, que son como actores teatrales que convierten el ayuno en espectáculo, para representar de esa manera su "dolor" ante los otros. Es evidente que no todos ayunaban de esa forma, pues había auténticos judíos, que ayunan para mantener una memoria fiel de las injusticias padecidas y para potenciar su unión con Dios. De todas formas, había judíos y de judeo-cristianos que tendían a convertir el ayuno en marca de identidad de su propio orgullo religioso.

En esa línea puede recordarse la advertencia "hiriente" de Didajé 8, 1, que (con palabras cercanas a Mt 6, 16-18) parece imponer un ayuno cristiano que parece nuevamente hipócrita: "Vuestro ayuno no sea como el de los hipócritas, que ayunan el segundo y quinto día de la semana (lunes y jueves); vosotros ayunad el día cuarto y el de la preparación (miércoles y viernes)". Ciertamente, los motivos y formas de ayuno podrían ser distintos. Pero centrar la diferencia del ayuno respecto a los "hipócritas" en el cambio de días de la semana parece cambiar poco las cosas .

‒ Que desfiguran su rostro para mostrar a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya tienen su recompensa (6, 16). Mateo acusa a los hipócritas de realizar un ayuno de "identidad propia", que se interpreta al mismo tiempo como una forma de separación religiosa y social respecto de otros grupos. Los gestos de ese ayuno (desfigurar el rostro?, mostrarse así "dolidos") sirven para separar a unos hombres de otros, marcando unas distancias, que van en una línea de autoalabanza "religiosa" (¡nosotros ayunamos, cumplimos nuestro compromiso de penitencia ante Dios!) y de "victimismo" social (que otros vean que estamos afligidos, y que esa aflicción deriva en especial de lo que ellos mismos nos han hecho.

En esa línea, el mismo ayuno se puede convertir en acusación en contra de los demás (para que los otros vean que nos hallamos afligidos, pues ellos mismos son la causa de nuestra aflicción). De esa forma, el ayuno podría convertirse en un tipo sadismo grupal, convertido en tema de acusación contra los otros .

‒ Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro? (6, 17). Este gesto no se puede inter-pretar en forma de hipocresía o teatro, pues nos situaría ante una nueva alternativa igualmente provocadora, en la línea anterior de los "hipócritas", como si el que ayuna dijera: "Quiero que los hombres vean la autenticidad de mi ayuno, y que lo hago de un modo especial, distinto del que realizan ellos?". Mateo quiere, más bien, que nadie conozca ese ayuno, superando ese nivel de visibilidad exterior?

Lavarse y perfumar la cara (gestos que se toman aquí en forma simbólica?) son expresiones de auto-conciencia afirmativa, de aceptación del propio camino, en línea de humanidad, sin glorificación externa. Se trata de asumir positivamente la vida, sin identificarse como grupo especial (de ayunantes), y sin echar la culpa a otros (en línea victimista). La verdadera víctima no se hace la víctima, sino todo lo contrario, pues vive por unión con el Dios de la gracia (¡y tu Padre que ve en lo secreto!) y en apertura hacia los otros. En esa línea, la hondura del ayuno (que en otro sentido es justicia, es decir, comunicación en gratuidad y gesto de ayuda a los necesitados) se identifica con el gozo de la vida: Lavarse, perfumarse y vivir ante y con los demás.

‒ Para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará (6, 18). La visibilidad del ayuno solo tiene sentido ante el Dios Padre, que es don y principio de vida. En ese sentido se podría y debería afirmar que Dios Padre es el ejemplo y testimonio del verdadero ayuno, es decir, de una vida entendida como don al servicio de los demás, igual que sucedía en el caso de la limosna y la oración, que eran gestos y signos de la presencia de Dios en la vida de los hombres, como fuente de misericordia (limosna) y diálogo de amor (oración). Así podemos afirmar que Dios es ayuno, vida generosa al servicio de los demás, sin lamentaciones, sin gestos doloristas (sin andar cabizbajo, sin desfigurarse la cara?).

Hay un Dios de ayuno negativo, como un ídolo de rostro cabizbajo, como desfigurado, que va echando en cara a los hombres sus delitos y sus transgresiones? Éste es el Dios del ayuno falso, sediento de sacrificios y sangre, de castigos e infiernos, para así sentirse seguro a sí mismo.

Pues bien, en contra de eso, el Dios del evangelio (que mora en lo secreto y no se impone por la fuerza) goza amando a los hombres, y se alegra así con ellos (¡se lava el rostro herido, perfuma su cara?!), para que nosotros podamos vivir en concordia, en justicia, en misericordia.

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