OPINIóN
Actualizado 04/02/2017
Manuel Lamas

Esta mañana desperté muy temprano: un corto pitido del teléfono interrumpió mi sueño. No se trataba del despertador, por eso no le hice caso. Pero, minutos después, leí en su pantalla un escueto mensaje: "No se pudo efectuar la copia de seguridad".

Desconozco si esa copia se almacena en la nube, o somos nosotros quienes allí estamos. Pues, ¿quien le ha indicado al dispositivo que realice este servicio? Sí, ya sé que se trata de configuración. Pero, lo cierto es que, este inofensivo aparato, conoce todas mis rutinas, y casi todos mis gustos. También, la naturaleza de mis compras; incluso mis preferencias a la hora de elegir vacaciones. Todo cuanto hacemos en la red queda almacenado, y con esos datos se elabora nuestro perfil.

Además, la infinidad de tonterías que decimos por wasap, también quedan registradas. De nada sirve que borremos nuestros comentarios. Sé, por otra parte, que los operadores de telefonía, velan extraordinariamente por nuestra seguridad, pero no se me escapa que, toda esa información, es compartida y utilizada de manera aleatoria con fines que desconocemos. Pues, cuando descargamos alguna aplicación, pocos son los que se enteran de las condiciones del contrato que presentan. La enorme extensión del texto basta para disuadirnos. ¡Qué fácil sería mostrar su contenido en pocos caracteres!

Después, me vienen a la cabeza dos palabras: privacidad y seguridad. Seguidamente, me hago esta pregunta: ¿alguien puede garantizar nuestra privacidad? ¡No! Ninguno tenemos a buen recaudo la información que facilitamos.

Se me ocurren otras muchas cosas. No es por sembrar incertidumbre, pero el mundo virtual en que nos movemos, no está exento de peligros. Un hacker avispado, con pocos golpes de teclado, puede abrir esa caja de seguridad que creíamos suficientemente protegida.

Pienso, asimismo, en otras seguridades, y hago mis cábalas. Por ejemplo, reflexiono sobre el dinero, y pienso en las garantías que tenemos para recuperarlo en caso de hecatombe económica. Sé que la ley nos protege hasta un límite. Pero, ¿quien garantiza su aplicación cuando faltan los recursos? Tranquilo, yo tampoco lo sé. Lo cierto es que, vivimos en un mundo virtual, donde las cosas no son lo que parecen; ni se traducen en certezas, mostrando valores tangibles. Ciertamente, discurrimos por un mundo de apariencias disfrazado de normalidad.

Entonces, cuando pretendo cerrar esta columna, sospecho que algo importante se me olvida. No recuerdo de qué se trata. Solo puedo asegurarte que, la mejor forma de garantizar tu privacidad y seguridad es arrojando tu teléfono al río, o desconectando definitivamente tu ordenador de la red. Pues, cuando quedan registrados, hasta los latidos de nuestro corazón, en una gráfica virtual que no controlamos, algo no marcha bien.

Hoy, no hace falta que las paredes tengan oídos. Toda nuestra vida ha quedado al descubierto.

Para terminar, te dejo un aforismo de mi propia cosecha: "Si quieres que algo no se conozca, ni siquiera lo pienses".

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