OPINIóN
Actualizado 08/12/2016
Redacción
Este jueves 8 de diciembre celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción de María. Con ese motivo, recordamos con gusto las palabras que predicaba santo Tomás de Villanueva: "La Bienaventurada Virgen fue exceptuada de la maldición de la mujer porque se había pronunciado antes aquella promesa: 'ella quebrantará tu cabeza' (Gen 3,15). ¿Cómo pudo ni por un momento ser cautiva de aquella cuya cabeza humilló? No se puede oír esto, no lo toleran las almas piadosas".
En efecto, la figura de la Inmaculada Concepción de María entró con fuerza en la religiosidad popular. Los pobres, las monjas que responden desde el torno y los penitentes que se acercan al confesonario han saludado durante siglos con la invocación "Ave, María Purísima", a la que se responde: "Sin pecado concebida".
Pero en su figura se han fijado también los pintores y escultores del barroco. Hoy sigue inspirando obras muy notables esta joven mujer coronada por doce estrellas, que pisa a la serpiente mientras descansa sobre la luna.
También la literatura ha recogido el desafío. A finales del siglo XVI, el carmelita Pedro de Padilla publicaba dos libros de poemas dedicados a María. A él debemos unos versos que han sido incorporados modernamente en la Liturgia de las Horas:
"Ninguno del ser humano como vos se pudo ver, que a otros les dejan caer y después les dan la mano. Mas vos, Virgen, no caíste como los otros cayeron, que siempre la mano os dieron con que preservada fuiste".
En
1854 el beato papa Pío IX proclamaba el dogma de la Inmaculada Concepción de María y afirmaba que numerosos Padres y doctores de la Iglesia ven en la mujer anunciada en el libro del Génesis a la madre de Cristo, María. Ella es la "nueva Eva".
En el prefacio de la misa, damos gracias al Señor por ese privilegio que anticipa nuestra propia fidelidad a los dones de Dios: "Porque preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura. Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad".
La aureola de María se refleja en las doce estrellas de la bandera de la Comunidad Europea. Sus padres fundadores, cristianos practicantes como eran, se inspiraron para diseñarla en la vidriera que se encuentra en el ábside de la catedral de Estrasburgo.
María es la metáfora del nuevo pueblo de Dios. El saludo del ángel la reconoce como la agraciada por el Señor. Sobre ella se ha derramado el favor gratuito de Dios. Que ella interceda por nosotros.
José-Román Flecha Andrés
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