OPINIóN
Actualizado 26/11/2016
Manuel Lamas

Hoy, he ganado para mi causa la palabra humanismo, y al recuperar en mi mente el valioso patrimonio de su significado, descubro entre sus ruinas, la mirada del hombre; una mirada suplicante, dispersa entre los escombros de su fracaso, que puja por reconstruir los valores a partir de una justicia que no existe.

¿Qué fue de aquel empeño colectivo que pretendió cultivar el valor del conocimiento para convertirlo en tutor de la conducta? Contrariamente, el mundo se ha transformado en un espectáculo horrendo, que ratifica plenamente la tesis de Friedrich Nietzsche. Este desgraciado acontecer, se ha transformado en locura colectiva, porque vivimos en constante oposición. No construimos la paz ni defendemos la moral y, además, nos hemos hecho perezosos de pensamiento. Por eso, nuestras ideas solo difunden el eco ruidoso del pensamiento colectivo, que no genera riqueza moral, ni evolución intelectual.

El desarrollo de nuestras sociedades democráticas se ha desviado de su cauce. Genera, únicamente, crecimiento económico que no corrige las desigualdades sociales. Se trata de algo ficticio; de un progreso irreal que demanda una servidumbre excesiva, en relación con lo que aporta a las personas. Sus resultados solo expresan cifras. Pero las personas somos, fundamentalmente, ideas; libertad de pensamiento, que no puede ser reducida a números, ni a estados de bienestar falsos.

Las Sociedades Democráticas han de corregir su trayectoria; tienen que hacer un planteamiento más serio sobre su evolución. Pues, de la forma en que están configuradas, corren serio peligro de desaparecer. Hay elementos que ya no funcionan, porque la realidad en que nos movemos ha cambiado.

Los problemas que hoy nos afectan, requieren nuevas leyes; nuevos planteamientos para conducir la vida social. Pues, una pequeña parte de la sociedad, ceñida a sus privilegios, controla a la mayoría que, inmovilizada por la precariedad y los miedos, carece de discurso.

Es urgente adaptar los sistemas de gobierno a las necesidades reales de las personas. No se ha de convertir en una dictadura temporal el mayor régimen de libertades. Desgraciadamente, en nombre de esas libertades, se cometen verdaderas injusticias.

Pero, volvamos al comienzo de mi artículo, y rescatemos de la escombrera del pensamiento, al humanismo maltrecho. Examinemos la causa de tantos errores, individuales y colectivos. Es necesario mirar al pasado para evitar los errores del futuro y, sobre todo, para corregir los del presente. Hay que derribar las barreras de pensamiento y caerán, poco a poco, las físicas.

Al construir un estado común, serán comunes el desarrollo y la cultura. Solo desde esta perspectiva, es posible repartir equitativamente los recursos, y recuperar la igualdad entre las personas. La dignidad tiene un precio que hoy muchas personas no pueden pagar.

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