OPINIóN
Actualizado 29/10/2016
Rafael Muñoz

Para actuar sobre el mundo no solo hay que verlo sino que hay que mirarlo. Si queremos intervenir sobre un objeto fijamos la mirada en él para que nuestra acción no tenga error. Pues bien, la distorsión actual entre el mundo que vemos y cómo lo miramos es fuente de acciones erróneas.

Antonio Rodríguez de las Heras

Se pone en punta de pie y, dichoso

Por la excesiva luz,

Tiende su mano para tomar

El racimo rojo.

Ives Bonnefoy

Hoy se emite en nuestro país, por expresarlo de este modo, un nuevo capítulo de esa serie internacional que lleva en cartel demasiadas temporadas: la expoliación de las personas mediante desahucios, paro, trabajo y jubilaciones en precario..., que tiene su concreción universal más perversa en ese TTIP que se nos viene encima.

Hoy, de nuevo, perdemos mucho más que una hora de luz; y uno sigue preguntándose qué hace posible admitir en nuestras democracias, que se dicen representativas, que esto ocurra. Qué tipo de información ponen frente a nuestros ojos para que aceptemos sin bochorno personal alguno que no hay otra salida.

Los perspicaces párrafos del artículo (La gente), de la escritora Belén Gopegui, autora que no se caracteriza precisamente por una actitud despreocupada frente a lo que nos está ocurriendo, pueden resultar provechosos para explicar una vez más, y no será la última, esto de lo que venimos hablando:

La gente, los y las votantes, no somos un terreno neutral. Somos un campo de batalla o un teatro o ambas cosas. En nosotras y nosotros se libran los combates y las representaciones.

[?] Anuncios, programas, noticias y objetos que traen consigo exigencias, obligaciones. Todo eso nos construye tanto como el libro que leímos en silencio o la amistad, como el miedo a perder el trabajo o a no tenerlo. Los contratos hacen conciencia, viajar dentro de un coche construye formas de ver el mundo. Decir que a veces algunas personas se equivocan es más razonable que decir que siempre tienen razón, que aciertan quienes votan a partidos que han legislado contra lo común durante décadas.

Pero, si me lo permiten, uno sumaría, para tratar de entender mejor el perfil de estos falsos culpables, esta otra figura de ciudadano? ¿equivocado?, gente (no lo olvidemos), que nos acerca y muestra espléndidamente una escena de la obra de teatro Alejandro y Ana: lo que España no pudo ver del banquete de la boda de la hija del presidente, escrita por los imprescindibles Juan Mayorga y Juan Cavestany, y que puso en escena la compañía Animalario.

Les pongo en antecedentes sobre lo que pueden ver en este enlace: dos camareras recogen los restos del banquete de bodas mientras conversan. Bueno, en realidad habría que decir mientras una de ellas se dirige a la otra con una argumentación in crescendo sobre las ventajas y virtudes de tener una visión conservadora (que no conservacionista) ante la vida, aunque uno sea prácticamente un menesteroso con un sueldo precario.

Comprobarán que el monólogo argumentativo de la camarera de marras (vídeo 5m > a partir del minuto 2:45) se apoya en esa terrible y dañina expresión que nos desdibuja un horizonte distinto, más esperanzado, hasta hacerlo desparecer como si de una explosión se tratara: esto es lo que hay. "Lo que hay" es la mayor ficción que se ha inventado. Lo que hay no existe sino que está siendo construido ahora mientras escribo, nos dice Gopegui, afinando de nuevo su mirada.

No sé con certeza cuál es el propósito de los autores con este diálogo, pero no olviden que el espectador también tiene sus derechos. Desconozco, aunque pueda barruntarlo, qué buscan y ofrecen estos dos dramaturgos a sus espectadores, cuando contemplamos el cambio de tono de Petra, cada vez más vociferante y exaltado (¿quizá contra ella misma?) tratando de convencer a Mari, su silente compañera, sobre las ¿intrínsecas? bondades del conservadurismo.

Los espectadores escuchamos, junto a su atónita compañera Mari, lo que no es otra cosa que la explosión de la rabia contenida ante un mundo injusto. Contemplamos a quien se rebela contra él pero sin llegar a admitirse todavía que es una más de las humilladas. Descubrimos como el relato de las agresiones la va transformando, aunque todavía no sea muy consciente del cambio que su amiga Mari y nosotros espectadores sí percibimos.

Esta metamorfosis me recuerdan las palabras de Antonio Gramsci cuando decía, y decía bien, en una frase que ya se ha hecho recurrente: el viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.

Nuestro personaje se encoleriza y dirige sus sarcasmos contra quienes, sin saberlo todavía, son los suyos, quizá porque inconscientemente está comenzando a tomar consciencia, valga el aparente, solo aparente, galimatías.

Acaso de lo que se trata (uno está convencido de ello) es de tomar la consciencia, al igual que se tomó la Bastilla hace ya unos siglos, y hacerla nuestra, revolucionando nuestro pensamiento mediante la observación y el análisis de lo que nos circunda, y actuando en consecuencia.

No entrar a dirimir si eran galgos o podencos por un quítame allá esas pajas. Culpabilizar de posibles errores a los que están a nuestro y de nuestro lado: el de la gente (aunque todavía no lo sepan). Cuando de lo que se trata es de ayudar a comprender que la situación que padecen es la misma que para el resto, la mayoría, y no caer en un enfrentamiento estéril que otros saludarán siempre con sorna y regocijo.

Para conseguirlo, posiblemente debiéramos ser más audaces en nuestros razonamientos, aprendiendo a ponernos en el lugar por el que transita el otro. Buscando nuevas voces, esas que nos ocultan con su palabrería de lugares comunes los lacayos de quienes poseen de verdad el poder.

Como dice el siempre interesante Gabriel Zaid, que el verdadero acierto de una publicación crítica, en papel, digital o en redes, sea poner en medio de una conversación un texto, para abrir la toma de la esperanza.

Las imágenes pertenecen una vez más al grandísimo EL ROTO

Rafael Muñoz

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