OPINIóN
Actualizado 24/10/2016
Isabel Muñoz

Estamos englobados dentro de un clima Mediterráneo de interior. Sigo pensando que no somos conscientes de lo privilegiados que somos y que no estamos cuidando bien nuestro medioambiente.

En este ámbito también se demuestra que los extremismos generan rechazo y problemas. Evidentemente estoy a favor de los espacios protegidos porque es necesario preservar y tener un desarrollo sostenible que no agote los recursos. Pero cuando todo se convierte en trabas y dificultades para agricultores y ganaderos, ya empezamos generando resabios. Lo cual aumenta el furtivismo, e incluso los incendios que me parecen la mayor lacra y atentado contra la naturaleza.

Por otro lado están los desmoches de las encinas apurándolas hasta la muerte porque ahora se entiende como combustible más barato. Cuatro brazos sin capacidad para suficiente fotosíntesis y transpiración, comienza la seca de la encina con varios factores y el envejecimiento de nuestras dehesas sin regeneración e incluso de nuestros encinares.

Por otro lado las grandes guerras entre los partidarios de la concentración parcelaria y sus detractores. Son buenas para los minifundistas y para poder sacar un rendimiento agrícola o ganadero juntando las fincas y no teniéndolas tan dispersas con difícil aprovechamiento. Pienso que depende de zonas, hay zonas de arribes en las que considero que el beneficio para los propietarios no justifica el impacto ecológico con el movimiento de tierras y la modificación del paisaje. Sin embargo en otras zonas más llanas y fértiles ayuda a fijar población y mejorar las condiciones de vida de los que allí viven durante todo el año y no sólo en vacaciones.

Haciendo un pequeño recorrido soy admirador de nuestras encinas, robles, escobares, jarales, bosques de ribera, brezales, quejigares, etc. Zonas de Arribes del Duero y Tormes, Sierra de Francia con Batuecas, Sierra de Béjar, Sierra de Gredos, Sanabria, Lagunas de Villafáfila, etc.

Todos estos sitios permiten perdernos o encontrarnos con sus frutos, sus águilas, sus lobos, sus buitres, sus setas, sus pamplinas, sus viñedos, sus colmenas, su aceite y sobre todo sus habitantes olvidados.

Llevo media vida intentando dar valor a estos sabios de la cestería, de la fragua, de la huerta, de la matanza, de la parva, del vino, de la almazara, de la alquitara. Pero el valor nos lo dan ellos a nosotros, el futuro no lo encontraremos en la ciudad, los ecologistas de ciudad y de discurso no saben más de nuestros campos que nuestros abuelos. Aprendamos a escucharlos y por supuesto no les demos lecciones de vida que ello tienen más. Conciliemos y no juzguemos a los que saben más que nosotros.

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