OPINIóN
Actualizado 23/09/2016
Félix López

Durante siglos, el matrimonio era considerado la unión de un hombre y una mujer, y así sigue siendo en numerosos países. Pero en otros muchos países, entre los que está el nuestro, ha sido reconocido legalmente el matrimonio entre dos mujeres o dos hombres.

¿Acabarán ahí los cambios? No lo sé, pero no será fácil poner límites a la libertad para organizarse la vida sexual y amorosa cuando ésta, además, aspira a ser reconocida legalmente en nuevas formas de organización de la pareja y la familia.

En Brasil acaban de plantear un conflicto legal dos tríos (un hombre y dos mujeres, por un lado y tres mujeres, por otro) que han conseguido un cierto reconocimiento legal al hacer un contrato formal sobre sus relaciones y su posible descendencia. Es muy posible que los tribunales condenen estas uniones, pero el conflicto está servido.

En Estados Unidos, desde hace tiempo, hay tensiones y sentencias contradictorias en el caso de la poligamia.

Es posible que usted, estimado lector o lectora, tenga ya una opinión formada sobre este tema, pero si no le incomoda le animo a que vea la complejidad que tiene regular las libertades sexuales y amorosas, aunque éstas leyes sean necesarias para tener en cuenta los derechos de los hijos e hijas, los derechos y obligaciones de los progenitores y los derechos y deberes económicos de los implicados, en estos nuevos matrimonios.

¿Podrían regularse estos derechos en el caso de nuevos tipos de familia? ¿Dónde pondríamos el límite? Personalmente no tengo la respuesta, aunque es evidente que habría que preservar siempre derechos humanos como el de la igualdad entre hombres y mujeres, asegurar el cuidado de las crías, etc.

Le animo a que no huya del debate con una postura nominalista, como ocurrió en España, entre los que para no aceptar el matrimonio entre homosexuales recurrieron a la etimología de la palabra matrimonio, como si el significado de una palabra nos atara de por vida.

Por otra parte, es evidente o debiera serlo, que aceptar la diversidad significa que también el matrimonio heterosexual tradicional siempre debería ser una diversidad que, por cierto, en muchos casos, funciona muy bien, de forma que, participar en este debate, no significa cuestionar a quienes vivimos esta opción, mayoritaria entre nosotros.

En definitiva, venimos de un mundo regulado por leyes que se percibían como inmutables, sagradas, etc . fundamentadas, en nuestro caso, en el derecho tradicional y en creencias religiosas, que buena parte de la población no comparte y que un estado laico puede cambiar. Sentirse dueño de la biografía sexual y amorosa, sin dejar de ser responsable con las crías y con quien se comparta la alianza matrimonial, nos obligará a repensar las leyes que regulan la vida familiar. Esto ya ha empezado a suceder entre nosotros con el matrimonio homosexual, las familias monoparentales, el divorció y el nuevo matrimonio de las personas divorciadas, etc. Y es muy posible que se planteen nuevos retos, no fáciles de resolver..

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