OPINIóN
Actualizado 23/07/2016
Ángel González Quesada

Con pocos recuerdos y rememoraciones que más han tocado lo folclórico, la curiosidad, lo superficial y lo anecdótico, ha transcurrido el 18 de julio; con poco respeto a las víctimas y menos a los vencidos, se ha pasado levísima revista a lo acontecido ese día de hace ochenta años; con escaso conocimiento histórico y raquítica calidad informativa, ha tenido lugar en este malhadado país el octogésimo aniversario del golpe de estado fascista del 18 de julio de 1936, inicio también de la devastadora guerra civil que anegó España en sangre y dolor y, del mismo modo, preludió una irrespirable dictadura de cuarenta años que, además de controlar con mano de hierro, lengua de plomo, botas marciales y sentencias de muerte el enfermizo crecimiento de todo un pueblo, descerebró a la sociedad, anuló su capacidad colectiva de lucha, arrasó su inteligencia pensante y creó el territorio de plana voluntad, ausencia de principios y feroz individualismo egoísta propicio para rédito de charlatanes, cosechas de vendedores de humo y adoraciones caudillistas que hoy se pronuncia en las urnas con vestidos de resignación, indiferencia, servilismo y vasallaje.

La escasísima calidad actual de los usos democráticos de España, el especial rasgo de estupor en cuanto a la participación política que se observa en amplísimas capas de la población, la deseducación, la incultura o la gratuita descalificación general de la actividad política realizada por la ignorancia y la desinformación, son realidades que también responden y son consecuencia de la siembra de desconfianza y miedo realizada concienzudamente por la dictadura religioso-militar del totalitarismo franquista. La levedad de las conmemoraciones del aniversario del 18 de julio no es en absoluto casual. Responde, del mismo modo, a una explícita voluntad tanto de la clase política como de la industria de la comunicación y los poderes económicos, de encerrar los sentidos y significados del golpe de estado franquista de 1936 en una urna impermeable a la realidad; de desactivar la toma de conciencia de las consecuencias de la guerra civil que arrasó España durante tres años y de reducir la dictadura que la idiotizó políticamente durante cuarenta a un pequeño cofre temático con lazo de curiosidad histórica y ninguna conexión con el presente, del que únicamente saldrán en los oportunos aniversarios y conmemoraciones, lamentos estereotipados, referencias tópicas, banderas tricolores como globos de helio y alusiones intrascendentes que no conectarán en absoluto con los sentidos y los significados, completamente consecuencia de aquel 18 de julio, de esta democracia de tres al cuarto en que los vividores del cuento medran.

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