OPINIóN
Actualizado 10/04/2016
Paco Blanco Prieto

Los dissfraces no cambian a las personas, por mucho que estas pretendan aparecer en los rótulos como les gustaría ser vistos por los espectadores, rebautizados en la suplantación, pero dejando huella imborrable de su verdadero rostro sin tachaduras en la piel, ante el pasmo de los ciudadanos que contemplan estupefactos la máscara que nada oculta a los votantes despiertos.

Tal es el caso del comediante que se pasea de tribuna en tribuna con diferentes disfraces, carnavalizando la vida política con auténticas carnavaladas, en ciertos casos de nefastas consecuencias para los destinatarios ingenuos, que reciben sus exabruptos y salidas de pata de banco, con silencio y resignación cristiana.

El embaucador que nos ocupa, pasa el tiempo disfrazándose de todo, menos de lo que realmente es, porque los administrados no han podido verle con el uniforme de trabajo civil sobre los hombros, por más que se hayan empinado por encima de las urnas para ver qué hay más allá del escrutinio, sabiendo que "Cambalache" es un tango utilizado como pancarta, permitiendo dar gritos al pueblo para que todo siga igual.

Entre los disfraces utilizados por el impostor está precisamente el de farsante, que le impide ver su propio rostro en el espejo, mientras los abducidos confunden al suplantador como un tahúr del Misisipi, que juega con cartas marcadas, para engañar a los resignados conciudadanos al martirio.

Para conseguir el suicidio de los inocentes no necesita cananas ni revólveres, le basta ponerse el mono de ferroviario, imitar a Louis de Funes, subirse a lomos de centauros humanos domesticados, cantando "doce cascabeles" de camino hacia el Internacional Bureau con el frayluisano hábito agustino cubriendo su cuerpo, con una rana en la mano.

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