OPINIóN
Actualizado 09/03/2016
Redacción

Evidentemente lo son. Cada época, sus costumbres y normas. Y a cada uno lo suyo. Y cada cerdo su sanmartín.

El caso es que me entero a través de cercanos míos que una niña de poco más de diez años a la que conozco, está de viaje de estudios, junto a otras compañeras de colegio (colegio de Madrid, hay que decir) y por la India. Sí, sí, por la India de verdad (la de Marco Polo y Colón). No la de cualquier parque temático de moda.

La niña está estupendamente a juzgar por las fotos de grupo y selfis que manda a su familia. Y yo me sorprendo. No me sorprendo de la niña y la valentía de sus profesores. Me sorprendo de lo reducido que se ha quedado el mundo a estas alturas. Ya no basta con acercarse a Gargabete en Salamanca o la Pedriza en Madrid para irse de excursión colegial. Ahora se coge un avión con catorce horas de vuelo por medio y al otro lado del mundo en un pispás. Y con diez u once años, los angelitos.

Algo sí que me sorprende que su madre la deje ir (yo, no lo haría). Y más me sorprende que algunas gentes no se sorprendan con esto. Yo sí que lo hago. Y lo digo. Claro que voy siendo viejo ya y recuerdo con demasiada nostalgia mi primera excursión escolar en grupo, con los compañeros del recién estrenado instituto de la Fuente, en un viaje en tren para pasar el día en Ciudad Rodrigo, junto al río. Y tan felices y aventureros que fuimos todos. Claro que eran otros tiempos. Evidentemente.

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