TOROS
Actualizado 04/01/2016
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El mexicano Ignacio Garibay desorejó al único toro con calidad del encierro de Arroyo Zarco, mientras el salmantino y un valeroso Mario Aguilar se fueron de vacío

La corrida con la que se llegada a la docena de festejos en la Temporada Grande anunciaba toros de Arroyo Zarco para una terna compuesta por Ignacio Garibay, Pedro El Capea y Mario Aguilar, todos con urgencias en el triunfo ante una entrada muy modesta.

Con las manos bajas y cierto gusto al manejar el percal recibió Garibay al girón primero, tardo y dormido para llegar a la tela, pero obediente a los vuelos en su fuelle más que justo. Por eso le señalaron a penas un picotazo trasero antes que azuzase Ignacio la carrera del animal con un vistoso y armónico quite por navarras. Fue bueno el inicio templado de doblones, pero ya le anunció el girón que no era boyante su recorrido. Hubo de enfrentarse a ese defecto Garibay y también al viento, que molestó lo suyo en la muleta. Surgieron, eso sí, derechazos de muy buen gusto y excelente trazo, muy buscados al ataque por el torero ante la falta de chispa del rajado animal. Arrebatado en el final, le ganó el paso al toro para que no se fuese y lo embarcó en derechazos más poderosos que macizos. La estocada caída no fue suficiente para tocar pelo.

A la puerta de chiqueros se fue El Capea con decisión para presentar credenciales ante el cárdeno segundo, al que lanceó después con voluntad pero sin brillo, ante la falta de ritmo del animal. Y no fue fácil el animal en la muleta, porque le soltó la aspereza en el inicio de doblones y se le quedó debajo de la tela después, obligándolo a perder más pasos de la cuenta y a no confiarse con la arrancada, siempre incierta. Le cogió mejor la distancia con la zurda el charro, y fue por ese pitón por donde llegaron los muletazos más largos, aprovechando la más franca embestida cuando llegaba en la media distancia. A más fue entonces el toro, que sacó la embestida a diestras humillada, larga y franca a partir de entonces, y la ligó Perico sin llegar a reventarla. Porque le exigió pulso cuando se le acabó el fuelle, pero le dio las arrancadas buenas cuando lo recibió de la sarga. La media tendida que dejó Capea fue suficiente para pasaportarlo, pero no para recibir trofeo.

Más quietud y aplomo que ajuste en las verónicas tuvo Mario Aguilar en los lances de saludo al castaño tercero, al que le varió el recibo con una chicuelina y lo remató con una maciza media. Muy liviano fue también el castigo en varas a este tercero, y ya en el quite a la verónica de Aguilar anunció su feble condición dando con el morro en la arena. Tuvo gusto el inicio de Aguilar, con sabrosas trincherillas que aguantó a duras penas el castaño. Le dio distancia para buscarle la inercia el mexicano, pero sólo para ver cómo se le iba al suelo en el segundo muletazo de tanda. Se frenó antes del embroque el de Arroyo Zarco por falta de fuerza, que no por maldad, y ese defecto fue el que hizo casi imposible la lidia, al no haber viaje para que existiera el muletazo. No se rindió Mario, que le buscó la cercanía y el ataque constante para robarle medios muletazos con los que ir construyendo series. Tiró de artificios en el final de faena, buscando algo que ofrecerle al tendido, al que poco más que firmeza pudo dejarle en el toreo fundamental. La estocada contraria puso punto y final a la porfía.

El paletón y enmorrillado cuarto le echó las manos por delante en el saludo a la verónica al que se empeñó Garibay en ponerle gusto para paliar la deslucida y desentendida arrancada del de Arroyo Zarco. Y le faltaron ritmo y poder al animal para servir en la muleta, a pesar del acierto del mexicano al darle distancia y embarque preciso para aportar a los muletazos la dimensión que le faltaba al toro. Y lo fue convenciendo para aplomarse en una serie a diestras de gran fuste, sin una duda, enterrado en la arena y convenciendo al animal de que siguiese el trapo. Más deslucidote al natural el bicho, supo Ignacio enganchar y tirar para hacer buena la tanda, siempre compuesto, siempre convencido de su concepto y llegando a la grada. Faena de madurez y de gusto, de buen trazo y suavidad en la exigencia, de administración de las cualidades del animal y de poso de buen torero la del mexicano. Solvente con la espada, lo tiró sin puntilla para pasear el doble trofeo. 

El quinto se le rebrincó al Capea, le echó las manos por delante en el percal y le costó emplearse en los lances del recibo que había iniciado Pedro con una larga de rodillas en el tercio. Genuflexo inició también la faena de muleta, en la que probó mucho para acoplarse a la calidad excesivamente humillada del castaño, que lo hacía medir la arena demasiado a menudo. Demandó pulso en las muñecas y precisión en la altura el animal, cuya falta de fuerza le hizo ir desarrollando en violencia y en feos derrotes en los finales. A menos en el recorrido, fue dejando estériles los esfuerzos porfiones del salmantino. Una estocada al segundo intento puso el colofón sin premio a la actuación de Pedro.

Más compás y ritmo que recorrido tuvieron los delantales con que saludó al sexto Mario Aguilar, empeñado en manejar con gusto el percal toda la tarde. Y en aportarle suavidad a los trapos, porque quietud y suavidad tuvo el sabroso inicio muletero, dibujando trincheras de mucho gusto a la descompuesta arrancada del animal. Hubo aplomo en las zapatillas y firmeza en el trazo, pero se encontró con el defecto del toro de volverle la cara antes de llegar al embroque, que fue acusando a medida que transcurría la faena. Se asentó con mucho valor Mario para bregar con esa circunstancia y se amparó siempre en su compuesto concepto de gusto para morir con su idea. Dejó una estocada desprendida y escuchó palmas.

 

FICHA DEL FESTEJO

Monumental Plaza México. Duodécima de la Temporada Grande.

Toros de Arroyo Zarco, variados de pinta y con más caja que perfil en general. Humillado sin viaje el rajado primero; exigente y a más el cárdeno segundo; feble y sin recorrido alguno el castaño tercero; obediente pero a su aire el embestidor cuarto, de arrastre lento; humillado y exigente el áspero quinto; descompuesto y rajado el sexto.

Ignacio Garibay (grana y oro): vuelta al ruedo y dos orejas.

Pedro El Capea (marino y oro): palmas y silencio.

Mario Aguilar (grana y azabache): palmas tras aviso y palmas. 

 

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