Las 9.000 familias carentes de ingresos están en peor situación que las familias en los años 60 y principios de los 70
De todas las felicitaciones de Navidad que he recibido en estos días, una me llamó la atención. Rememoraba la petición del aguinaldo por casi todas las profesiones existentes, (panadero, frutero, sereno, etc.) en las que todo el mundo desea felicidad y amor, a lo que yo añado trabajo y salud.
Visionándola, me traslado a mi infancia, aquel momento en el que no te preocupa más que jugar en la calle y aprobar el curso para evitar los momentos desagradables con los padres. Jugábamos con piedras, palos u otros utensilios manufacturados, como los patines. Lo importante era disfrutar del aire libre. Éramos felices, puesto que no conocíamos otra cosa, no sabíamos como llegaba el dinero a casa ni cómo se llegaba a final de mes, ni si tu padre doblaba el trabajo, o no. Era un domicilio austero y sin embargo nunca faltó aquel plato para saciar el hambre.
En las mañanas, los chupiteles de hielo colgaban de los canalones. En las tardes, las luces con plato de porcelana, que apenas iluminaban y que eran objetivos de los gamberros, cuando entrábamos en el solsticio de invierno se encendían a las 6 de la tarde con la noche recién iniciada, también a veces de aquellos novios que no querían que se observaran los escarceos amorosos con sus novias. Recuerdo como en aquellos días se revolucionaba todo, se juntaban las familias por aquel entonces numerosas y había que urdir ingeniosidad para acomodar a todos.
A primera hora de la mañana, se acompañaba a las madres y tías a cocer en el horno de la panadería más cercana, los moritos, (ahora magdalenas), mantecados, polvorones y perrunillas, que conformaban los dulces navideños junto a otros como el turrón. No habíamos llegado a casa e iniciábamos la búsqueda del musgo deseado para poder poner el Belén en el sitio principal de aquella casa baja, carente de agua y de servicios.
El menú navideño se presentaba con fiambres, más bien mortadela (el jamón era para otros pudientes), el plato principal era el pollo, el pescado por excelencia el besugo, que era plato de pobres.
Todo esto se regaba con vino y frutos serranos (nueces, higos, etc.), incluido el trozo de turrón de las turroneras del mercado. Para finalizar, la sidra el Gaitero y el aguardiente con las perrunillas, para mujeres el vino dulce y para los más pequeños, la 'Quina Santa Catalina'.
Ensimismado pensaba, que dispendio el de ahora, mucho consumismo. En ese preciso instante, volví a la realidad y me pregunté, ¿dispendio? Claro que sí, para todos aquellos a los que la crisis les ha afectado poco, nada o además les ha beneficiado. Porque las 9.000 familias carentes de ingresos están en peor situación que las familias en los años 60 y principios de los 70.
La tan cacareada crisis de la que dicen que estamos saliendo no llega ni a los pobres, ni a la nueva clase, la de los trabajadores pobres, incapaces de cubrir sus necesidades, con su salario.
El nuevo resultado de las elecciones ha fracturado más el contorno político, produciéndose dos derechas y más de dos izquierdas. Hablan de pactos en no se cuartas cosas, pero yo pido que las líneas rojas de negociación, sean, la derogación de la reforma laboral, la restauración del sistema de justicia de un país democrático, tal y como disfrutábamos de él, e instaurar como corresponde el Estado de Bienestar Social, en cuanto a Educación, Sanidad y Dependencia. Por eso deseo, Salud, Prosperidad y Trabajo digno para todos los Salmantinos en el año venidero, el siguiente, el siguiente...
José Luis Hernández Rivas, secretario provincial de UGT