OPINIóN
Actualizado 21/12/2015
Sagrario Rollán

            "La paz es es mucho más que una toma de postura: es una auténtica revolución, un modo de vivir, un modo de habitar el planeta, un modo de ser persona", señala María Zambrano, pero entonces ¿es la paz  materia objetiva de enseñanza? me pregunto.  Y si lo es, ¿qué lugar ocupa?, ¿cuál es su pedagogía específica?,  ¿qué objetivos teóricos y prácticos ha de contemplar?  Preguntas  que pueden sonar huecas e incluso cínicas, pues la realidad viva es dura  e incomprensible y la violencia en todos sus órdenes (doméstica, terrorista, etc.) parece indomeñable.  La reflexión me evoca el diálogo platónico entre Menón y Sócrates en torno a la virtud: ¿en qué consiste la virtud? ¿es enseñable, o bien se tiene  por naturaleza?. ¿Existen maestros en la virtud?, ¿dónde encontrarlos y cómo conducir al discípulo?. Si aplicamos estas preguntas a la paz, nos encontraremos abocados al mismo desconcierto y fragmentación a los  que fue a parar  Menón por obra del astuto maestro,  hasta que éste con su ironía le hace callar, o al menos reconocer perplejo la insuficiencia y la superficialidad insulsa de su discurso.

            ¿Es enseñable la paz? La educación es siempre agónica, es decir, violenta la naturaleza y la sacude del letargo inconsciente. Enseñar y aprender es una lucha, cuando se trata  de la paz, hay que enfrentarse inevitablemente con el conflicto entre naturaleza y cultura, entre el reino de la necesidad ciega y el de los fines humanos, entre el egoísmo y la solidaridad.

            Platón subraya el carácter dialéctico de toda educación,  Es decir, se aprende en el diálogo y la confrontación con otros,  diálogo que  no es, en último término, sino expresión del diálogo del alma consigo misma, resultado de un proceso  de concentración introspectiva, que ayudándome a conocerme me facilita la comprensión del otro. Porque uno engendra y el otro concibe , podemos dar a luz juntos la verdad. Este carácter dialéctico de la educación es especialmente importante cuando se trata de educar para la paz, siempre que se entienda la paz positivamente, y no como mera ausencia de guerra, o tolerancia bobalicona. Pues no basta el diálogo, que pudiera confundirse con la charlatanería, debate mediático, contraste indiscriminado de opiniones. El diálogo profundo nos lleva a una postura de autocrítica -reconocimiento de los propios errores- y nos pone en el camino de asumirlos. La escuela habrá de considerar  hasta que punto ella es, en ocasiones, medio de manipulación y transmisora de prejuicios que fomentan la incomprensión y la intolerancia hacia "lo diferente". Una educación para la paz habrá de empezar exponiendo las limitaciones de la cultura occidental y lo relativo de sus logros tanto en el campo científico-técnico como en lo moral, suscitando en el alumno curiosidad y abriéndole  al conocimiento de otros modos de pensar.

En una sociedad saturada de imágenes y discursos de toda índole, que aprisionan la conciencia y la despersonalizan, educar para la paz, sería aunque parezca paradójico,  educar en la desobediencia. Es decir, en un desoír crítico y distanciado que no se deje aturdir en la carrera que todas las voces persiguen, carrera de armamento, de poder, de éxito. En un mundo desacralizado la obediencia  ha dejado de ser virtud, y se ha tornado  vicio  que encubre  la pasividad y la indolencia  que subyacen a la conformación social, o a la rebeldía sin causa.

            La educación para la paz es una tarea urgente que nos incumbe de manera personal.  Los programas, las metodologías, las reformas educativas son insuficientes. Todo depende del alma, volviendo a Platón . En tiempos de sofística, a cada cual su noche y sus deseo, pero si hay maestros de la paz, estos serán también como un ser real entre sombras, "hasta que la paz no sea una pasión y una fe que inspire e  ilumine", según María Zambrano en ese escrito que inicia esta reflexión.

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