OPINIóN
Actualizado 02/09/2015
Juan Antonio Mateos Pérez

En otras entradas del blog hemos hablado de la misericordia como un camino de Dios y hacia Dios. Sabemos que Dios es misterio y como tal nos desborda, pero su nombre más genuino es el Amor. Comentamos desde nuestra búsqueda de lo trascendente, quiere hacerse desde el pensamiento y la religión, vagando entre Atenas y Jerusalén, entre el conocimiento y la convicción. Tener un conocimiento de algo es, obviamente, "saber" algo de alguien o de alguna cosa. Tener una convicción es también,  saber algo de alguien o de alguna cosa, pero la convicción es algo más que un saber. Tanto el conocimiento, como la convicción se basan en criterios fiables, pero en el caso de la convicción no está exenta de dudas, entra en escena una decisión tomada desde mi libertad. De ahí que el conocimiento por sí sólo, no entra dentro de la estructura del acto religioso, siendo muy importante, lo más propio de su estructura es la convicción. En esta diferencia de conceptos, el conocimiento es la base del filósofo, del historiador, del científico, siendo la convicción el elemento básico del creyente. Lo característico de la fe del creyente no es el conocimiento que tenga de la religión, de Jesús, de la Iglesia, aunque sea amplio, sino la convicción libremente asumida. Esa convicción se define por el hecho de que orientamos todo nuestro conocimiento sobre ella, es decir, que uno está dispuesto reflexivamente a dejarse guiar en su actividad por aquello de lo que está convencido. La convicción es una regla de comportamiento que va más allá de la costumbre o de la rutina, o mejor, se rompe con la rutina y con la costumbre, usos y prácticas establecidos. Desde aquí, podemos decir que la fe no consiste sólo en un conocimiento, sino que es una convicción y esto es clave para entender cualquier postulado religioso, también la misericordia de Dios.

No se comienza a ser creyente por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo sentido a la vida y, con ello, una orientación decisiva. El encuentro con el Dios del amor y la misericordia, nos ayuda a conocerlo y, acercarnos desde nuestra ética y desde nuestras ideas a su manera de ser. Porque al implicarnos, al dar un nuevo sentido a la existencia, al orientar la vida lo que intuimos es que el encuentro con Dios nos trasforma radical y totalmente, exigiendo una respuesta en todos los ámbitos de nuestra existencia, en cada acto personal primero y social después, así como también en los argumentos, las ideas, la razón.

Teniendo en cuenta todo esto, comentábamos que para hacer presente la misericordia en el mundo actual, no es sólo amar y preocuparse por el otro, es habitar el mundo desde al amor de Dios, es hacer presente la justicia, la solidaridad, la responsabilidad, la inclusión y la resiliencia. Hemos hablado de la justicia, en los textos bíblicos no es neutra, no puede serlo si es fruto de la misericordia, es parcial y nos obliga con la cabeza y el corazón al clamor de los oprimidos. Subrayábamos la responsabilidad como ágape, como el amor que nos introduce en el amor, de ese amor de Dios que nos permite amar con misericordia y hacernos responsables del otro. Recordábamos que la solidaridad  estaba en el corazón mismo de la existencia cristiana, donde el amor a Dios no se puede separar del amor al prójimo. Hoy queremos adentrarnos en la inclusión del otro, que es también un fruto y una forma de hacer presenta la misericordia desde nuestra existencia transformada por el amor de Dios.

La inclusión tiene que ver con acoger, con abrir las puertas para todos en todos los espacios. Aparentemente es fácil, pero supone una gran transformación personal y una confrontación con el mundo actual, nos movemos más por factores de exclusión que de inclusión. Ayer nos conmovió la noticia donde setenta inmigrantes murieron en un camión frigorífico, por no hablar de la cantidad de pateras que todo este verano se han hundido, con la desesperación de tantos hambrientos de llegar a nuestras fronteras. Da la sensación que ante tanta desesperación, estos seres humanos hacinados en las mismas no reciben ni las migajas de los perros. Sí, la inclusión es cuestionada por muchos, también por muchos cristianos desgraciadamente. Para llegar a la inclusión supone abandonar ciertas posiciones etnocéntricas y modificar nuestra ubicación en el horizonte de la misericordia. Este sería el primer cambio necesario, superar de espacios conquistados, para que aflore la igualdad y la dignidad. Después vendrá el reconocimiento del excluido y el protagonismo del mismo para acogerlo como incluido. Desde aquí, la liberación pasa a convertirse en inclusión, sin ésta, no hay autentica liberación.

La inclusión supone un trabajo desde la vida y fe, pero también desde la política, se necesita ubicar la queja profética de la realidad y mantener viva la esperanza de poder construir un mundo, donde podamos incluir a todos,  salimos ganando todos pues se mejora nuestra vida y oportunidades. El propio Francisco en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, dedica un capítulo a la inclusión social de los pobres, comentando que de nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad (EG, 186).

Cada cristiano, cada comunicad deberán ser instrumento de Dios para la liberación y promoción de los pobres, estar atentos a escuchar su clamor y socorrerlo (EG, 187). «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlo [?] Ahora pues, ve, yo te envío?» (Ex 3,7-8.10). Vemos con sonrojo el cambalache y reparto interesado de los refugiados en Europa, la región del mundo que menos refugiados acoge, estamos ante la crisis migratoria más grave desde la II Guerra Mundial. Vemos que otro naufragio frente a las costas de Libia se lleva a otras 300 personas, que se unen a los 200 de la semana pasada. En lo que va de año se suman ya 2.500 muertos, hombres y mujeres que buscan una salida a su situación de necesidad, huyendo de la guerra y del hambre. «Entonces los israelitas clamaron al Señor y Él les suscitó un libertador» (Jc 3,15). No podemos hacer oídos sordos a ese clamor, nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre. Si no es así,  nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto, porque ese pobre «clamaría al Señor contra ti y tú te cargarías con un pecado» (Dt 15,9). La falta de solidaridad en sus necesidades afecta directamente a nuestra relación con Dios.

No se trata sólo que actúen unos pocos dentro de nuestras sociedades o de nuestra Iglesia. Ahí están las palabras de Jesús, darles vosotros de comer.  Guiados por el evangelio de la misericordia nos implica a resolver no sólo las causas estructurales de la pobreza, también crear una mentalidad de la inclusión y hacer gestos simples y cotidianos de acogida y de misericordia. Se trata de ser místicos de ojos abiertos en nuestro mundo casi sin corazón, y de descubrir a Dios en nuestras realidades más tangenciales, buscar la centralidad de las mismas, caminar y actuar desde una ética del amor y de la acogida.

Y si tenía ese sueño, lo demás no importaba.

Roberto Bolaño

No tengo casa, no tengo dinero, no tengo trabajo.

No tengo ni oficio, ni beneficio.

No cotizo, no improviso, no viajo.

No invierto, vivo en el desierto,

no voy a ningún concierto.

No pago impuestos, no contribuyo,

no ingreso, no facturo, no inauguro.

No publico, no estreno, no gano

ningún premio.

No me reconocen,

no me conocen,

no me conceden,

no me merecen,

no me entrevistan,

no me memorizan,

no me necesitan,

no me alaban,

no me citan,

no me visitan,

no me saludan,

no me postean,

me ningunean.

Tengo sueño,

tengo un sueño.

Y todo lo demás.

 

Cristina Fernández Recasens "Todo lo demás"

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