OPINIóN
Actualizado 28/08/2015
Félix López

Leo que en el metro de Nueva York han puesto un anuncio pidiendo que los varones no abran las piernas. Un petición sorprendente que no sé si tiene su origen en la necesidad de compartir el espacio o en  la sexofobia  de muchos americanos  y americanas que están tan obsesionados que ve en ello "una provocación sexual machista".
La verdad es que ni siquiera se me había ocurrido que este tema necesitara anuncios y recomendaciones cívicas, porque quienes hemos viajado mucho en metro sabemos que si alguien está muy ancho se "recoge", cuando alguien necesita ponerse a su lado. Es una cuestión de sentido común que debería despreocuparnos de si abrimos más o menos las piernas en el metro o en cualquier otro lugar.

Esta norma me ha recordado los tiempos en los que en el colegio nos enseñaban urbanidad, con consejos sorprendentes como que había que sentarse con las rodillas juntas y formando un ángulo recto. ¿Tenía que ver esta  norma algo también con la sexofobia? No lo sé, pero sí que había normas claramente represoras, aunque yo, por aquel entonces, ni siquiera lo sospechaba.

Por ejemplo, yo no podía entender que no pudiéramos llevar las manos en los bolsillos, nos daban golpecitos en los brazos y nos exigían que las sacáramos. Norma que incluso regía los días más fríos, en el patio y durante el paseo, en aquella fría Salamanca, en torno a los años 60. Para un chico de pueblo, de la sierra de Béjar, los bolsillos eran  en invierno el único refugio de nuestras ateridas manos. Con pantalones cortos, las piernas al aire, los calcetines pobres y los zapatos fríos, no poder buscar con las manos el refugio cálido de los bolsillos, ¡por Dios!. Yo no sé si alguien hubiera buscado el calor y el placer de la excitación genital, pero si eso hubiera llagado a ocurrir, bendito él.

Solo mucho más tarde, ni siquiera puedo recordar cuándo y cómo, supe que se trataba de impedir la masturbación. ¡Qué sorpresa!

Querer reprimir la sexualidad, incluso sin nombrarla, lleva a una obsesión morbosa, como demuestra esta norma y tantas otras. En efecto, en aquellos tiempos, como escribió Foucault, de la sexualidad se hablaba para no hablar, para reducirla a lo secreto.

Así que amigos americanos, les aconsejo que se relajen en el metro y tengan la cortesía de compartir el espacio cuando alguien lo necesite.

Y no intente reducir la sexualidad a lo secreto, porque lo que no se puede nombrar, como el lector sabe, resulta que es lo que más nombres tiene. Compare el lector los pocos nombres que podría dar a su nariz y los que, entre risas, recodará de los genitales masculinos y femeninos. Es facial superar la veintena, para cada sexo, si quieren pasar un buen rato intentándolo con su grupo de amigos o amigas.

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