OPINIóN
Actualizado 07/06/2015
Maguilio TAVIRA

Resulta poco discutible que mis derechos terminan donde comienzan los de otro. Por eso parece evidente que la libertad de expresión no ampara las expresiones delictivas, y creo que ni aun tampoco debe amparar las ofensivas o claramente injuriosas, aunque no lleguen a constituir delito.

Quiero decir con ello que yo tengo derecho a expresar lo que la actuación de éste o aquél otro personaje público me inspira, pero no a manifestar mis creencias sobre la dudosa honorabilidad de su señora madre. Por dos cosas: porque mi derecho a la crítica del personaje debe ceñirse a lo que de público tengan sus actuaciones, y porque debe estar honestamente  orientado a mejorar su gestión mucho más que a causarle dolor de estómago (aunque se admite como daño colateral la gastralgia que no fue buscada de propósito).

En otras palabras, la expresión de opiniones ?y aun sentimientos- encaminados fundamentalmente al amejoramiento de la cosa pública en beneficio de todos, está siempre constitucionalmente amparada por el artículo 20, aunque logre de rebote el efecto secundario del malestar, desagrado e, incluso, la honda indignación.

La diferencia, creo yo humildemente, estriba en la intención de quien expresa lo que sea: si buscaba opinar públicamente lo que fuera o si, por el contrario, su expresión se orientaba finalísticamente preconcebida al fin espurio de la provocación, la injuria o el enfrentamiento.

Esta diferencia ?sutil pero definitiva- que se halla en la propia Carta Magna ?cuando proclama la libertad de expresión limitada por el respeto a los derechos reconocidos en el mismo título- es la que debe servir para deslindar entre el derecho constitucional y su ejercicio abusivo, entre la expresión serena de la propia opinión y la exhibición obscena de una provocación, entre la idea libremente proclamada -aun a sabiendas de su probable impopularidad- y la zafia imposición del berrido de un cobarde fanfarrón que esconde su cobardía tras la evidencia de abrumadora superioridad que sólo un imbécil podría llamar valentía.

Para evitar malentendidos y confusiones, aclararé que me vengo refiriendo a los groseros gestos de la inefable Rita desde el balcón del Ayuntamiento Valenciano y a las lamentables perlas misóginas del machista vallisoletano.

Afortunadamente, a uno y otra acaban de ajusticiarles las urnas, los jueces y los pactos, de consuno, y sabe a gloria esta revancha tardía que se acaba pareciendo tanto a la Justicia.

Lamentablemente, con los tarados del pito lo tenemos más difícil.

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