OPINIóN
Actualizado 30/05/2015
César Gómez-Barthe Celada

Para la Iglesia Católica los movimientos eclesiales son fundamentales en la actualidad; las órdenes religiosas han desarrollado y desarrollan una labor esencial en amplios aspectos, pero son los movimientos integrados en su mayoría por laicos los que desde finales del siglo XX y en este siglo XXI han tomado el papel preponderante que les corresponde en la sociedad. Tanto es así, que  los propios seglares, que trabajan en centros religiosos, tras su esfuerzo y dedicación se han situado en puestos de alta responsabilidad, en justa recompensa por su gran compromiso.

   El Papa Pablo VI señaló cómo los movimientos son necesarios, porque se adaptan a las múltiples realidades de la vida. Juan Pablo II fue consciente y por eso les impulsó; como afirmó en su encíclica Redemptoris Missio "los movimientos representan un verdadero don de Dios para la nueva evangelización y para la actividad misionera propiamente dicha"; también el Papa Benedicto XVI se refirió a éstos como "un regalo de Dios a la Iglesia".

   Buscar a Dios en la labor cotidiana y en la vida diaria, contribuir a la misión de la Iglesia en la sociedad actual y seguir un camino de formación católica son cimientos para el desarrollo de un buen cristiano.

   Y es que la progresiva secularización de occidente hace que todos los cristianos debamos tomar conciencia para evitar la crisis de carácter moral producida por la pérdida de valores. El humanismo cristiano se configura, por lo tanto, como la vía de regeneración social y política, seña de identidad de las democracias europeas, que necesitan volver a encontrar sus valores genuinos.

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